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PRÓXIMO CICLO: "CINE LGTB"

lunes, 6 de marzo de 2017

El sabor de las cerezas de Abbas Kiarostami


Ficha técnica y sinopsis. Portada del programa de mano.

«Kiarostami representa el nivel más elevado del arte en el cine.»

Martin Scorsese.


El pasado 4 de julio de 2016 fallecía en París el maestro iraní Abbas Kiarostami, a los 76 años de edad. Se marchaba el mayor embajador del cine iraní de los últimos 30 años.

Artista polifacético desde sus inicios, Abbas Kiarostami estudió Bellas Artes en la Universidad de Teherán y trabajó como fotógrafo, diseñador gráfico y pintor, antes de adentrarse en el mundo del cinematógrafo. En 1969, Kiarostami fue uno de los cofundadores del departamento de cinematografía del KONUN (Instituto para el Desarrollo Intelectual de Niños y Jóvenes), donde comenzó su carrera cinematográfica con el cortometraje El pan y la calle (Nan va Koutcheh) en 1970, al que continuarían otros muchos trabajos de corte didáctico y estilo neorrealista durante la década de los 70, que mostraban una gran sensibilidad por la educación del colectivo infantil y juvenil de Irán, en especial de los más desfavorecidos y excluidos de la sociedad iraní. A El pan y la calle le seguirían cortometrajes como La hora del recreo (Zang-e Tafrih, 1972) o Dos soluciones para un problema (Dow Rahehal Baraye yek Massaleh, 1975), al tiempo que debutaba en el mediometraje en 1973 con Experiencia (Tadjrebeh, 1973) y en el largometraje en 1974 con El viajero (Mossafer). Kiarostami desarrollaría durante esta primera etapa, anterior a la Revolución Islámica de 1979, su particular e inigualable estilo poético, sencillo y semidocumentalista, centrado en la educación de los jóvenes con la divulgación de valores tan universales como la amistad y el amor al prójimo, y, a su vez, sirviéndose de los niños como protagonistas de sus películas para enfatizar su inocencia, pureza y valor crítico. Kiarostami pronto se reveló como uno de los cineastas más talentosos de la llamada Nueva Ola Iraní, el cine motefavet —o Escuela de Teherán—, surgida en los 60, cuyo discurso filosófico y político sería desde entonces foco de atención del panorama cinematográfico mundial. Fue durante la década de los 70 cuando el cine iraní comenzó a ser reconocido por su particular estilo realista y altamente alegórico, gracias a cineastas como Dariush Mehrjui, Sohrab Shahid Saless, Bahram Beyzai, Parviz Kimiavi, Ebrahim Golestan, Farrokh Ghaffari, Bahman Farmanara, Nasser Taghvai o el propio Abbas Kiarostami.


Cartelería internacional de El sabor de las cerezas.


La Revolución Islámica de 1979 derivó en el exilio de muchos cineastas iraníes que conformaban esta primera generación de la nueva ola iraní. Mientras sus colegas de profesión buscaban el asilo político e intelectual en occidente, gracias a la reputación que el cine iraní había logrado durante los últimos años de la monarquía de carácter pro-occidental y secular del Shah Mohammad Reza Pahleví, Kiarostami tomó una de las decisiones más importantes —si no la que más— de su vida: permanecer en Irán. A pesar de las duras restricciones impuestas por el nuevo régimen islámico, el propio Kiarostami explicaría más tarde el por qué de esta decisión, haciendo uso de su particular retórica poética y naturalista, tan sencilla como efectiva:

«Soy como un árbol que hunde sus raíces en la tierra. Si me trasplantaran a otro lugar, dejaría de dar frutos.»

Bajo esta máxima, Kiarostami permaneció toda su vida como residente en Irán, incluso tras su exilio profesional forzado en 2010 por el régimen iraní tras prohibir el estreno de su primera producción fuera de Irán, Copia certificada (Copie conforme, 2010). Desde la Revolución Islámica de 1979, Kiarostami vivió en sus carnes el acoso incesante de la censura, volviendo a rodar muchas secuencias de sus películas, incluso de las anteriores a la Revolución; algo que no hizo más que fortalecer sus principios por permanecer en Irán para continuar el legado crítico de su generación y refinar su discurso hacia lo esencial, hacia lo mínimo, lo imprescindible. Kiarostami consiguió un estilo único e implacable por el régimen iraní, incensurable, gracias a su mirada tranquila, su ritmo pausado, sus silencios a favor del poder de la imagen y su retórica poética, combinando ficción y realidad en, prácticamente, cada uno de sus films.

Durante los años 80, Kiarostami continuó trabajando en labores didácticas desde el Instituto para el Desarrollo Intelectual de Niños y Jóvenes, con películas como Los alumnos de Primaria (Avvaliha, 1984) o Los deberes (Mashgh-e Shab, 1989). Fue, precisamente, con el mismo motivo educativo, y bajo el sustento del mismo instituto, con el que dirigió la película que lo daría a conocer a nivel mundial: ¿Dónde está la casa de mi amigo? (Khāneh-ye doust kodjāst?, 1987). La película resumía todos los valores educativos que Kiarostami había desarrollado desde su primera película y retrataba los valores tradicionales del pueblo iraní, de forma realista y sin paternalismos, desde el punto de vista de dos niños de Koker, un pequeño pueblo al norte de Irán. Tras el terrible terremoto que devastó la región de Manjil-Rudbar en junio de 1990 —región en la que se encontraba el pueblo de Koker—, y en el que murieron más de 50.000 personas, Kiarostami retornó al lugar en el que había rodado la película para buscar a sus jóvenes protagonistas y realizar un ejercicio metafílmico —otra de las particularidades de su filmografía— con el rodaje de Y la vida continúa (Zendegi va digar hich) en 1992. En Y la vida continúa, Kiarostami se retrata a sí mismo interpretado por el actor Farhad Kheradmand, en su búsqueda, junto a su hijo, del reparto de ¿Dónde está la casa de mi amigo?, mostrando a su paso por la zona devastada la inmanencia de los valores tradicionales. En 1994, Kiarostami rizaría el rizo metafílmico con el retorno a Koker, esta vez para retratar el rodaje de Y la vida continúa, añadiendo una historia de amor entre dos jóvenes, en A través de los olivos (Zire darakhatan zeyton) —una película que estuvo a punto de arrebatarle la Palma de Oro a Pulp Fiction (1994) de Quentin Tarantino—. Las tres películas formarían la denominada por los críticos como la “trilogía de Koker”. Anteriormente a Y la vida continúa, Kiarostami filmó una de sus películas más aclamadas e inclasificables, Close-Up (Nema-ye Nazdik, 1990). De nuevo haciendo gala de su maestría para el discurso metafílmico y la dualidad entre realidad y ficción, Kiarostami reconstruyó la historia real de un hombre que fingió ser el aclamado cineasta Mohsen Makmalbaf y que fue procesado por la justicia por falsificar su identidad. Close-Up es una obra majestuosa. Kiarostami funde la reconstrucción del suceso con la realidad del verdadero proceso judicial, con una naturalidad impasible, gracias a la complicidad del propio protagonista del suceso que aceptó protagonizar la reconstrucción, así como la del propio Mohsen Makmalbaf y otras personas implicadas en el caso. Kiarostami afirmó en varias ocasiones que el cine era una gran mentira y como tal, una herramienta perfecta para retratar la dualidad entre realidad y ficción, así como la hipocresía latente de cualquier sociedad, incluida la siempre paradójica y ambigua sociedad iraní.


El pasado 4 de julio de 2016 fallecía en París el maestro iraní Abbas Kiarostami, a los 76 años de edad. Se marchaba el mayor embajador del cine iraní de los últimos 30 años.


En 1997 Kiarostami recibiría el definitivo reconocimiento mundial con El sabor de las cerezas (Taʿm-e gilâs, 1997), tras ganar, por fin, la Palma de Oro en el Festival de Cannes, ex-aequo con La anguila (Unagi, 1997) de Shohei Imamura. El sabor de las cerezas es una suerte de road movie existencialista, cuyo discurso ha sido comparado en muchas ocasiones con el del mejor Ingmar Bergman, y en particular con el de una de sus obras maestras, Fresas salvajes (Smultronstället, 1957). Sin embargo, El sabor de las cerezas no es sino el fruto natural de un ejercicio fílmico que Kiarostami llevaba perfilando desde sus orígenes en el cine, película tras película: la síntesis. El sabor de las cerezas condensa toda la maestría adquirida por Kiarostami durante años para sintetizar en la más pura esencia cinematográfica una de las decisiones más complejas que un hombre puede llegar tomar, como la renuncia a la vida, el suicidio.

El sabor de las cerezas aborda uno de los temas más recurrentes en la filmografía de Kiarostami: la dualidad entre la vida y la muerte. Abbas Kiarostami presenta el dilema existencialista de un hombre de espíritu débil, de quien se desconoce el origen y causas de su motivación para quitarse la vida. En toda la película no hay un atisbo de causalidad, tan siquiera en su desenlace, que queda a merced del espectador, y mucho menos en su planteamiento y desarrollo. Homayoun Ershadi interpreta al señor Badii, un hombre visiblemente hundido que ha decidido quitarse la vida y ha cavado su propia tumba en algún lugar de la periferia de Teherán, en tierras áridas y montañosas, lejos de la ciudad. Sin embargo, Badii no quiere que su cuerpo sea pasto de las aves carroñeras y para ello necesita la ayuda de otra persona que lo entierre. Aunque su propósito parece firme, la ambigüedad del mismo surge cuando en su oferta a la persona que lo ayude incluye la posibilidad de despertarlo:

«¿Ves ese agujero? Ese agujero que hay ahí. Ahora escucha con atención. A las seis de la mañana, ven aquí y llámame dos veces: '¡Señor Badii, Señor Badii!' Si contesto, coge mi mano y ayúdame a salir de ahí. Hay 200.000 tomans en el coche. Cógelos y vete. Si no te contesto, echa 20 palas de tierra sobre mí. Entonces coges el dinero y te vas. (…)»

Durante su viaje existencialista, y zigzagueante —motivo visual y retórico muy recurrente en la filmografía de Kiarostami—, por los yermos parajes de la película, el señor Badii encontrará a tres candidatos para ayudarle que acceden al interior de la furgoneta: un soldado de origen kurdo, un seminarista de origen afgano y un taxidermista de origen turco. El soldado, casi adolescente, demasiado joven, huirá asustado ante la propuesta del señor Badii; el seminarista, de unos 30 años, que lo escucha pero no lo entiende, solo puede ofrecerle su fe; el taxidermista, un hombre de unos 50 años, no solo lo escuchará sino que lo entenderá, ofreciéndole su ayuda, no sin antes tratar de convencerlo por medio de su sabiduría y experiencia vital.

A pesar de la recurrente austeridad dramática de la que hace gala Abbas Kiarostami, con un estilo comparable al de Robert Bresson o al de su admirado Yasujiro Ozu, la forma alegórica con la que Kiarostami plantea el relato disminuye la atención dramática del espectador a favor del poder de las imágenes y los diálogos.

El sabor de las cerezas es el culmen de la sobriedad enigmática de Abbas Kiarostami, impermeable a la censura gracias a su ambigüedad discursiva, y, sin embargo, repleta de códigos contextuales. Por ejemplo, destacan varios elementos comunes a todos los interlocutores de Badii, a pesar de sus diferencias de origen y edad: todos son hombres, musulmanes y todos hacen referencia a la guerra, ya sea la de Irak con Irán o la invasión Soviética de Afganistán.


Homayoun Ershadi interpreta al señor Badii, un hombre visiblemente hundido que ha decidido quitarse la vida y ha cavado su propia tumba en algún lugar de la periferia de Teherán, en tierras áridas y montañosas, lejos de la ciudad..


En el cine de Kiarostami no hay caminos rectos, sino caminos curvos y zigzagueantes. Un cine que plantea muchas cuestiones filosóficas, sociales y políticas, pero que no responde a ninguna de ellas. En definitiva, el cine de Kiarostami parte de la esencia de la vida misma para retratar los miedos y dilemas del ser humano frente a su propia existencia.

Tras El sabor de las cerezas, Kiarostami continuó su búsqueda de la esencia cinematográfica con películas tan sublimes como El viento nos llevará (Bad ma ra khahad bord, 1999) o Copia certificada, en la que mostraría un claro homenaje a uno de los cineastas más influyentes en su carrera, Roberto Rossellini. Además continuó su labor documentalista en trabajos como ABC África (ABC Africa, 2001) o 10 on ten (2004). Su última película, Like Someone in Love (2012), la dirigió en Japón y en los meses anteriores a su muerte preparaba otra película en tierras asiáticas.

El legado cinematográfico de Abbas Kiarostami nos devuelve a los orígenes del cinematógrafo, a su naturaleza ambigua entre ficción y realidad, servida sobre los hombros de los grandes maestros de la historia del cine como los neorrealistas Vittorio de Sica, Roberto Rossellini y Satyajit Ray, grandes del cine de autor europeo como los fundadores de la nouvelle vague o del free cinema, maestros del silencio y austeridad dramática como Robert Bresson, Yasujiro Ozu o Éric Rohmer y poetas visuales como Andrei Tarkovsky o Akira Kurosawa. Afirmó Jean-Luc Godard que “el cine comienza con D.W. Griffith y termina con Abbas Kiarostami”. Sin duda, todo parece indicar que Godard no estaba equivocado.

El sabor de las cerezas es una película incómoda pero irresistible. Una película ambigua, sumamente ambigua. Una película agridulce, como la vida, como el sabor de las cerezas recién cortadas.



Javier Ballesteros



Vídeo introductorio a El sabor de las cerezas
por Javier Ballesteros.




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