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Noviembre 2018 · Víctimas de violación y abuso sexual

lunes, 5 de noviembre de 2018

Acusados de Jonathan Kaplan


Ficha técnica y sinopsis. Portada del programa de mano.

«La violación es uno de los crímenes más terribles del mundo y ocurre cada pocos minutos. El problema con los grupos que se ocupan de la violación es que tratan de educar a las mujeres sobre cómo defenderse. Lo que realmente hay que hacer es enseñar a los hombres a no violar. Ve a la fuente y comienza allí.»


Kurt Cobain.


Acusados (The Accused, 1988) de Jonathan Kaplan es una película de que explora los temas del clasismo, la misoginia, el trastorno de estrés postraumático (TEPT), la culpabilización social de las víctimas y el empoderamiento de las mujeres. Se estrenó en el 39º Festival Internacional de Cine de Berlín, donde compitió por el Oso de Oro. Rodada en Vancouver y ambientada en el estado de Washington, la controversia de su estreno se debió principalmente a su representación explícita de una violación en grupo. Tras su éxito crítico y comercial, Jodie Foster acaparó casi todos los méritos del filme, consiguiendo numerosos reconocimientos, incluyendo el Premio de la Academia a la Mejor Actriz.

En su primer papel ganador de un Óscar, Jodie Foster interpreta a Sarah Tobias, una camarera que es violada en grupo en un bar de carretera. Acusados, al ser una película bastante primeriza a la hora de tratar el tema de la violación, utiliza algunos recursos muy convencionales para conformar la historia, pero eso no hace que lo que vemos pierda un ápice de credibilidad y de interés, ni siquiera 30 años después de su estreno.

El personaje de Sarah sufre una transformación que la hace dejar de ser la joven alegre y despreocupada que vemos en un principio. La gravedad de las circunstancias la fuerzan a madurar para afrontar una lucha por la decencia y la autoestima en una sociedad en la que las víctimas de violación estaban completamente solas. La seriedad de su compromiso queda patente en el guion de Tom Topor, basado libremente en un incidente real que se produjo en 1983 en New Bedford, Massachusetts, donde una joven fue violada en una mesa de billar, mientras un grupo de hombres vitoreaba la agresión.

Topor entrevistó a 30 víctimas de violación y numerosos violadores, fiscales, abogados defensores y enfermeras. El borrador original del guion se centró en lo referente al juicio y la defensa de una víctima de violación que era solo un apoyo para la historia. Jonathan Kaplan quiso que la víctima estuviera al frente del reparto, junto a la abogada. Mientras que en el guion se contaba con una mesa de billar similar a la del incidente real, a los productores les preocupaba ser demandados, por lo que se sustituyó la mesa por una máquina de pinball.


Cartelería internacional de Acusados.


El caso de Cheryl Ann Araujo, fallecida en un accidente de tráfico antes del estreno de la película, se convirtió en noticia nacional. Los abogados de los acusados interrogaron a Araujo sin cesar sobre su propia vida y actividades, hasta tal punto que el caso se convirtió en un ejemplo recurrente de la "culpabilización de las víctimas". En el juicio se desveló su identidad y los comentarios irrespetuosos hacia su persona y su actitud supuestamente provocadora corrieron como la pólvora a través de la prensa, los medios y la propia sociedad.

En Acusados, la fiscal de distrito Kathryn Murphy (Kelly McGillis), es quien toma el caso de Sarah. En un primer momento Kathryn acepta un acuerdo en el cual 3 violadores van a la cárcel admitiendo una imprudencia temeraria y no una violación, una decisión que viene reforzada por el temor de que el pasado sórdido de Sarah destruya la credibilidad de la fiscal ante el tribunal. Muy ofendida por ello, Sarah critica a Kathryn por traicionarla y favorecer a los acusados. Como resultado, Kathryn diseña una nueva estrategia: Decide procesar a otros hombres que se encontraban en el bar en el momento del crimen por incitación al delito, es decir, por alentar la violación aplaudiendo y gritando.

Es muy probable que esta sea la primera película que considera mostrar la responsabilidad de un grupo de individuos presentes en el lugar de la violación. En la película no son más que una pandilla de energúmenos ebrios que se suben al mobiliario, cantan y animan a cometer la violación. Realmente son parte de la violación, y seguramente tanto en 1988 como treinta años después, todavía habrá mucha gente con dificultades para entenderlo.

El desempeño ante la cámara de Jodie Foster es tan inteligente que beneficia al enfoque de Jonathan Kaplan como cineasta. A la vez que se representa a Sarah como una prostituta de moralidad limitada se fortalece el principal argumento en favor de su personaje. No importa lo que llevara puesto o que bailara de forma sensual, porque nadie puede creer, viendo la película, que ella quisiera ser violada.

McGillis es la primera en utilizar en contra de la víctima todo aquello que descubre de ella, como una condena anterior con cargos por posesión de drogas o el consumo de alcohol que tuvo lugar la noche del crimen. La familia de uno de los sospechosos de violación contrata a un buen abogado y consiguen reducir los cargos, pero Sarah fue violada brutalmente y repetidamente, frente a muchos testigos, y el argumento de la película es que, aunque una joven puede actuar de manera inapropiada e incluso imprudente, no pierde su derecho a decir "no" y ser escuchada. Se trata de algo que incluso al personaje de McGillis le cuesta entender en un principio; se siente tan cómoda dentro de los compromisos del sistema judicial que su transformación lastra un poco a su personaje, al recobrar una capacidad de indignación que debería mostrar desde un principio.


La escena de violación en Acusados dura solo tres minutos, pero en el momento del estreno fue considerada una de las representaciones más largas, gráficas y audaces de una agresión sexual en la historia del cine.


Las actuaciones, sin duda, transportan la historia con una energía explosiva, y los primeros planos durante los flashbacks de la violación ofrecen algunas de las imágenes más fuertes e inquietantes que se pueden imaginar de una mujer a punto de ser asaltada sexualmente. Cuando Sarah comparte su traumática experiencia comprendemos lo que significa la pérdida del control y la anulación absoluta de la persona en el momento fatídico del sometimiento y la violación, hasta tal punto que la víctima deja de ser consciente de sus propias reacciones: "Escuché a alguien gritar y era yo".

Al confiar principalmente en las interpretaciones para impulsar la historia, Acusados se distingue de la gran mayoría de programas de televisión dedicados a este tipo de formato —es decir, programas del estilo de la serie Ley y Orden (Law & Order, 1990-2010)—. El personaje de Sarah es el más elaborado, con su actitud no muy agradable, pero que se convierte en alguien que nos importa. Kelly McGillis también está muy bien como Kathryn, un personaje que decide implicarse por completo en defender a Sarah y dejar que la escuchen. Procesar a los hombres que alentaron a los violadores le da a Sarah la opción de poder testificar contra ellos en un tribunal.

Kenneth Joyce (Bernie Coulson), un estudiante universitario que era amigo de uno de los violadores, se quedó paralizado viendo lo que le hacían a Sarah, justo antes de salir del bar para llamar a la policía. Puede resultar admirable que sea el único dispuesto a hablar en contra de los hombres que destruyeron la vida de Sarah, pero eso no debe suponer que su actuación parezca suficiente. Detener lo que estaba sucediendo era la obligación inmediata de todos los presentes, y en ese sentido la historia es desalentadora.

Cuando el personaje de McGillis lleva a juicio al resto de potenciales violadores, tampoco recibe ningún tipo de apoyo de la fiscalía, y muchos de sus colegas sienten que ha perdido la razón. Las causas perdidas de antemano no son casos que interesen, y por ello la lección aprendida en la segunda parte de la película se corresponde con el mensaje más importante que ofrece la obra.

Cabe preguntarse quién encontrará esta película más incómoda, ¿hombres o mujeres? Ambos retrocederán ante la brutalidad de las escenas del asalto. Pero para muchos hombres, la película revela una verdad que la mayoría de las mujeres ya conocen, y es que el acoso verbal es una forma de violencia, ya sea con la crudeza con la que se muestra en la película o con la sutileza de una situación cotidiana. Es algo que no deja marcas visibles pero puede comprometer a las víctimas y a su libertad de movimientos.


Acusados fue una de las primeras películas en explorar los problemas relacionados con la violación, incluida la culpabilidad de las víctimas y la responsabilidad de los testigos.


La violencia sexual es un tema tan delicado, que incluso en toda la amplitud de la historia del cine resulta complicado encontrar obras que lo traten, al menos sin buscar la morbosidad. La complejidad que conlleva el asunto, en comparación con otras preocupaciones que también nos inquietan, nos deja un repertorio de películas sobre el tema más bien escaso, con algunas excepciones que confirman la regla. Quizás hasta ahora la mayoría de cineastas han sentido que desconocen lo que significa pasar por algo así, y optan por evitar las discusiones al respecto, limitando la voluntad de crear conciencia y generar debate que posee el medio cinematográfico, más allá de si la obra resulta más o menos acertada.

Topor pudo explicar la importancia de hacer la película, "Jonathan y yo vimos muchas películas antiguas y no pudimos encontrar ninguna que haya explorado el tema. Casi no había películas en las que el tema fuera una violación. Hay muchas películas que tienen un incidente de violación en ellas, pero Acusados trata de violación, no hay otro tema. Y se trata de dos mujeres; no hay un hombre que venga a rescatarlas. Es un tema muy difícil".

Tras las proyecciones de prueba que se hicieron antes del estreno, la película recibió las valoraciones más bajas en la historia de Paramount. Los ejecutivos del estudio quisieron sacar la película del circuito comercial hasta que Sherry Lansing, también miembro de la compañía, pidió una proyección en la que solo hubiera mujeres. De las 20 mujeres que había en la sala de proyección, 18 tenían experiencias con las violaciones, ya que o bien ellas mismas o personas cercanas habían sido violadas. Tras llevar a cabo la segunda proyección, la película se situó entre las mejor puntuadas del estudio.

Acusados es un drama judicial adelantado a su época en cuanto a las reflexiones que promovió con respecto a la cultura de la violación y eso conlleva que todavía tenga mucho que decir sobre las demandas de justicia de las mujeres y la forma en la que se persiguen las agresiones sexuales, con situaciones en las que se pone en entredicho la inocencia de las víctimas en lugar de asegurar sus derechos.



Toni Cristóbal


Vídeo introductorio a Acusados
por Toni Cristóbal.








lunes, 29 de octubre de 2018

Gritos y susurros de Ingmar Bergman


Ficha técnica y sinopsis. Portada del programa de mano.

«Todas mis películas se pueden pensar en blanco y negro excepto Gritos y susurros. En el guion consta que he imaginado lo rojo como el interior del alma. Cuando era niño veía el alma parecida a un fantasmal dragón azulado que volaba como un inmenso ser alado, mitad pez, mitad pájaro. Pero por dentro el dragón era todo rojo.»


Ingmar Bergman en Imágenes (Bilder, 1990).


Gritos y susurros (Viskningar och rop, 1972) es una de las películas más complejas, ambiguas y provocadoras del cineasta sueco Ingmar Bergman. Bañada en color rojo hasta la extenuación, el film supone la quintaesencia del discurso bergmaniano y la apoteosis visual y narrativa de una maestría en el oficio forjada por el cineasta sueco durante casi tres décadas, en más de treinta películas.


Cartelería internacional de Gritos y susurros.


La idea germinal de Gritos y susurros le llegó a Bergman a partir de un sueño recurrente con la imagen de una habitación roja en la que cuatro mujeres vestidas de blanco se movían y se hablaban al oído; mujeres extremadamente misteriosas. Según relata Bergman en Imágenes (1990), su libro de apuntes de trabajo y diarios, dicha imagen lo persiguió durante un año entero. En el prólogo del guion publicado de Gritos y susurros, Bergman escribió:

«Al principio, naturalmente, no sabía cómo se llamaban las mujeres ni por qué se movían bajo una luz matinal gris en una habitación empapelada de rojo. Había rechazado esta imagen una y otra vez y me había negado a colocarla como base de una película, pero la imagen se ha obstinado y, de mala gana, la he identificado: tres mujeres que esperan a que muera la cuarta. Se turnan para velarla.»

A principios de los 70, Ingmar Bergman se encontraba todavía inmerso en un periodo creativo de expresión crítica caracterizado por una dosis de existencialismo agnóstico cada vez más pronunciado. La conocida como "trilogía del silencio de Dios", compuesta por Como en un espejo (Såsom i en spegel, 1961), Los comulgantes (Nattvardsgästerna, 1963) y El silencio (Tystnaden, 1963), inició la etapa más pesimista del cineasta sueco con el retrato del ser humano desolado ante la ausencia de Dios. En sus siguientes obras, como Persona (1966), La hora del lobo (Vargtimmen, 1968), La vergüenza (Skammen, 1968) o Pasión (En Passion, 1969), Bergman subrayaría los efectos del aislamiento y la incomunicación derivados de la angustia existencial. Sin embargo, en todas ellas hay una oportunidad para el contacto humano, para la comunicación; siempre es una breve secuencia y, sin embargo, resulta crucial, pues para Bergman la comunicación y el contacto entre personas parece el único motivo redentor y de salvación frente a la muerte y al vacío existencial. Gritos y susurros parte de esta premisa para retratar bajo un halo de realismo poético, pero también crudo y desgarrador, las limitaciones de tres hermanas para comunicarse entre sí ante la inminente presencia de la Muerte en el núcleo familiar.

Gritos y susurros comienza con una marca registrada de Bergman: los relojes; relojes dorados de estilo rococó. La cámara de Sven Nykvist se recrea al detalle en los relojes mientras susurran su “tic tac” suavemente, como si el tiempo marcado por los mismos, tan inexorable como sempiterno y martirizante, significara una declaración de intenciones sobre lo que se va a relatar a continuación.

En una opulenta mansión decimonónica, amueblada, tapizada y empapelada de tonos rojizos, a finales del siglo XIX o principios del siglo XX, Agnes, una mujer de unos cuarenta años, vive sus últimos días agonizando por un cáncer terminal de útero, asistida por Anna, una sirvienta tranquila y fiel. Sus dos hermanas, Maria y Karin se reencuentran en la hacienda familiar para atenderla y estar presentes ante su inminente deceso.

Como era habitual en Bergman, el reparto fue consolidándose al tiempo que se gestaba el guion de la película. Liv Ullmann interpreta a María, una mujer tan bella como superficial, indiferente y caprichosa. Ingrid Thulin interpreta a Karin, una mujer fría, reprimida y llena de odio. Ambas hermanas están casadas y son madres. Y ambas desprecian a sus respectivos maridos. Harriet Andersson interpreta a Agnes, la moribunda, una mujer soltera que aparentemente no ha conocido hombre alguno y que reside sola junto a la criada en la mansión familiar desde la muerte de los padres. Para el papel de Anna, la sirvienta, Ingmar Bergman pensó inicialmente en la actriz norteamericana Mia Farrow; sin embargo, finalmente, sería la también sueca Kari Sylwan quien debutaría en la filmografía de Bergman interpretando a Anna, una devota sirvienta que manifiesta constantemente su fe cristiana a pesar de que la vida le arrebató a su hija prematuramente. El amor que Anna manifiesta por Agnes significará el único elemento redentor de la película ante tanta crueldad, falsedad, muerte en vida o vida en muerte, en esa inmensa mansión, esa cárcel de tonos rojos que parece prohibir cualquier atisbo de compasión. La fe y el amor de Anna catalizaran el milagro de la comunicación y, sobre todo, del contacto físico, sincero y humano. Ingmar Bergman reservó el plano más hermoso de la película para retratar dicho milagro; un plano cuya composición evoca a La Piedad de Miguel Ángel.


La composición del plano más hermoso de Gritos y susurros evoca a La Piedad de Miguel Ángel.


Gritos y susurros se adentra única e íntimamente en la psicología femenina, donde los roles masculinos se muestran como meros consumidores carnales, en el caso de Joakim y Fredik, los maridos de Maria y Karin respectivamente, así como en el caso de David, el doctor, quien sucumbió en el pasado a los encantos y provocaciones de María, a pesar de mostrar un absoluto desprecio por ella; dicho desprecio es patente en otra de las secuencias más celebradas de la película, en la que David describe al detalle el rostro de Maria frente a un espejo, en un primer plano sostenido y magistral del rostro Liv Ullmann. El cuarto rol masculino, Isak, el cura, merece una mención aparte; Isak representa la pérdida de la fe, el miedo a la muerte, la angustia vital y la desesperanza; en otra notable secuencia que representa el velatorio de la ya difunta Agnes, Bergman ofrece un largo primer plano frontal de Isak durante su lacónico discurso, falto de fe y plagado de plegarias y ruegos a la difunta por respuestas desde el más allá ante la ausencia de las mismas por parte de Dios.

Pero, sin duda, el protagonista absoluto, clave, en la película es el color rojo. “Todas mis películas se pueden pensar en blanco y negro excepto Gritos y susurros. En el guion consta que he imaginado lo rojo como el interior del alma”; afirmó Ingmar Bergman en su libro Imágenes. A partir de estas palabras se abre un abanico posibles interpretaciones sobre la intencionalidad de Bergman en su uso extremo del color rojo; una de ellas es la de la propia mansión en su conjunto como metáfora de un gran útero familiar, y matriarcal, enfermo y agonizante; cabe destacar, en este sentido que el papel de la madre de las tres hermanas, mostrada a partir de los recuerdos de Agnes en su infancia, también está interpretado por Liv Ullmann, en una suerte de analogía directa con el personaje de María, quien es probable que haya heredado de su madre, no solo su belleza sino también su indiferencia y superficialidad. Por otra parte, Sven Nykvist, el fiel director de fotografía del cineasta sueco, afirmó en una ocasión que cada habitación de la mansión se había diseñado con un tono diferente de color rojo; “los espectadores puede que no fueran conscientes de ello durante el visionado, pero lo sentirían”, señaló. El color rojo se mezcla continuamente en la película con el color negro que representa la muerte y con el color blanco que representa la pureza o la paz.

La estructura narrativa no lineal, de contrapunto, con la que Ingmar Bergman presenta el relato de la película la dota de un halo onírico que la evade de cualquier representación o interpretación racional. Bergman hace uso de la focalización múltiple del punto de vista narrativo, que incluye un narrador omnisciente en varias ocasiones así como el de cada una de las cuatro protagonistas. Este delicado tratamiento narrativo se combina con la estética y la puesta en escena conformando una gramática audiovisual única que fragmenta y articula los tiempos del relato con una precisión sublime. Los flashbacks que introducen los recuerdos y la psique las cuatro protagonistas vienen determinados por unos originales fundidos a rojo, acompañados de sonidos de lamentos y susurros. El compás casi musical con el que Bergman marca los tiempos se apoya en el sonido de los relojes durante toda la película.

El guion de Gritos y susurros podría funcionar perfectamente como una pieza de cámara teatral. Sin embargo, Bergman se soporta en el uso continuado de los primeros planos para conceder a la película una factura puramente cinematográfica. Gracias a los primeros planos, Bergman explora cada detalle de los rostros de los personajes; la verdadera naturaleza de estos y su psicología está más determinada por el retrato de sus rostros que por sus diálogos, en un exigente ejercicio interpretativo por parte del elenco artístico de la película que bajo la dirección del cineasta sueco resulta más que sobresaliente.


La idea germinal de Gritos y susurros le llegó a Bergman a partir de un sueño recurrente con la imagen de una habitación roja en la que cuatro mujeres vestidas de blanco se movían y se hablaban al oído. La imagen lo persiguió durante un año entero.


Desde finales de los 60, las películas de Bergman eran difíciles de comercializar y por lo tanto el capital extranjero no estaba disponible para financiar Gritos y susurros. Bergman decidió rodar la película en sueco y no en inglés, debido al fracaso de su anterior película La carcoma (The Touch, 1971), única inmersión del cineasta sueco en la industria norteamericana y su primera película rodada en inglés; un drama romántico que significó un rotundo fracaso tanto comercial como por parte de la crítica. De este modo, decidió financiar Gritos y Susurros a través de su propia productora, Cinematograph, de reciente creación. A pesar de que utilizó ahorros personales de 750.000 coronas suecas y préstamos de 200.000 coronas suecas, también tuvo que pedir al Instituto de Cine Sueco apoyo con el presupuesto de 1,5 millones de coronas suecas; un apoyo que no estuvo exento de críticas por parte de muchos cineastas suecos que lo consideraron como un trato de favor hacia Bergman. Para ahorrar costes, las actrices principales, Liv Ullmann, Ingrid Thulin y Harriet Andersson, así como el director de fotografía Sven Nykvist, ofrecieron su sueldo como préstamo y se convirtieron nominalmente en coproductores de la película.

Rodada en el otoño de 1971, en el castillo de Taxinge-Näsby, situado a las afueras de Mariefred, y estrenada a finales de 1972, Gritos y susurros significó un rotundo éxito internacional tanto comercial como por parte de la crítica. En los Estados Unidos la película se comercializó a través de la productora de Roger Corman, especializada en la distribución de películas de serie B, tras ser rechazada por las grandes compañías. Corman compró los derechos de la película en los Estados Unidos por tan solo 150.000 dólares, llegando a multiplicar casi por 10 los beneficios en taquilla.

Gritos y susurros fue nominada nada más y nada menos que a cinco Óscars en 1974: mejor película, mejor director, mejor guion original, mejor vestuario y mejor fotografía. Finalmente, solo Sven Nykvist se alzó con la estatuilla a la mejor fotografía por su extraordinario trabajo. La película consiguió otros muchos galardones en varios festivales internacionales, incluyendo el Gran Premio técnico en el Festival de Cannes de 1973.

La influencia de Gritos y susurros en la obra de otros cineastas es innegable. Woody Allen es, quizá, el cineasta que más se ha pronunciado públicamente como gran admirador de la filmografía de Bergman; la influencia concreta de Gritos y susurros en la filmografía de Allen se hace evidente en películas como Interiores (Interiors, 1978) o Hannah y sus hermanas (Hannah and Her Sisters, 1986). Por su parte, el cineasta austríaco Michael Haneke tampoco ha omitido su deuda con la película, más que evidente en La pianista (La pianiste, 2001). Stanley Kubrick quedó “fascinado y a la vez atormentado”, en palabras de su mujer, tras ver Gritos y susurros; la influencia de la película es bastante notable en la filmografía de Kubrick, especialmente en su relación con el uso del color rojo en películas como El resplandor (The Shining, 1980) o Eyes Wide Shut (1999).

“Aquí en la soledad tengo la extraña sensación de que llevo demasiado ser humano dentro de mí”, escribió Bergman en sus diarios mientras trabajaba en el guion de la película. Sin duda, ese exceso de humanidad quedó plasmado en Gritos y susurros, una película que retrata la dualidad de la condición humana destacando sus virtudes y sus defectos. Gritos y susurros es una película compleja, dura y a la vez delicada; una película que mira a la Muerte de frente revelando su voz, al tiempo que revela el poder de la ternura, de la compasión y del amor para, al menos, descansar en paz.



Javier Ballesteros


Vídeo introductorio a Gritos y susurros
por Javier Ballesteros.