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CICLO ACTUAL: "DEL VIDEOCLIP AL CINE"

domingo, 19 de febrero de 2017

Under the skin de Jonathan Glazer


Ficha técnica y sinopsis. Portada del programa de mano.

«Estoy seguro de que el universo está lleno de vida inteligente... Demasiado inteligente como para venir.»

Arthur C. Clarke.


Una mujer atractiva conduce una furgoneta Transit blanca, y un hombre joven que se sienta a su lado como pasajero nos hace entender, gracias a su lenguaje corporal, el anhelo de sexo, o la promesa ociosa de conseguir algo similar. El espacio entre ambos se llena de morbosidad con la fuerza que sale el humo de una barbacoa. El hombre atiende al pelo de la chica y mira hacia sus pechos, mientras ella se ríe y le pregunta si vive solo. Es de noche, y el tráfico ruge a través de la carretera, con el ruido del motor de los coches encadenándose a cada paso. Entonces cambia el ángulo de la cámara; ahora vemos a la mujer sola en la furgoneta conduciendo con una mirada muy decidida. La huella de su anterior pasajero ha desaparecido en un cambio de plano.

La secuencia proviene de Under the Skin (2013), la asombrosa película del director británico Jonathan Glazer basada en la novela homónima de Michel Faber. Una película de ciencia ficción que tuvo que pasar por un montón de reescrituras y revisiones hasta poder hacerse realidad, con un guion original que no tenía nada que ver con el resultado final, ya que lo protagonizaba nada menos que Brad Pitt, quien se supone que interpretaría a uno de los dos alienígenas que habitarían en las Tierras Altas de Escocia. El resultado, por suerte, ha sido de una mayor brutalidad, con montones de preguntas planteadas a lo largo del metraje y un desarrollo que trata, esencialmente, sobre un asesino en serie extraterrestre. Una premisa de película de terror, pero con ritmos y texturas de algo muy diferente.


Cartelería internacional de Under the skin.


El acierto en los cambios empieza por 'urbanizar' el escenario y, sobre todo, por poner el foco en el personaje femenino, que finalmente interpreta Scarlett Johansson. La actriz neoyorquina es ahora el alienígena, que, de forma anónima, ronda por las calles de Glasgow buscando una presa fija: hombres. Una especie de prototipo de femme fatale, con un pelo negro ceniza, un abrigo de pieles frondoso y unos labios que brillan como la sangre.

Durante el transcurso de la película, se intuye que la protagonista se da cuenta de los problemas morales que tienen sus acciones y empieza a comprender a la humanidad. Su curiosidad la conduce a un rechazo de su misión, lo que provoca esa sensación de persecución, que no llega a concretarse, por parte sus superiores o creadores.

Pero la polisemia de lo que vemos en pantalla nos obliga a especular sobre múltiples significados, y el misterioso motorista, que la sigue constantemente, podría tratarse de cualquier cosa a ojos del espectador. Igualmente, el liquido oscuro y alquitranado en el que la mujer sumerge a sus víctimas podría ser su nido, una especia de telaraña, otra dimensión o incluso una representación visual de sensaciones vinculadas al sexo.

El personaje de Johansson, de inteligencia alienígena, adopta la forma de una mujer para recopilar información sobre los seres humanos, adaptándose a una identidad que le es ajena y que demuestra no terminar de entender. Desde luego no es como cualquier película de ciencia ficción que hayamos visto en los últimos años. Es más un retroceso a otros tiempos, en los que las películas de ciencia ficción eran extrañas y reflexivas, de digestión más lenta. Hoy en día, si dices ciencia ficción, la gente piensa en la saga Transformers.

Con las características de sus anteriores películas, Sexy Beast (2000) y Reencarnación (Birth, 2004), Jonathan Glazer mostró que era hábil como estilista y capaz de mezclar detalles propios de Buñuel, Polanski o Kubrick. Tras Under the skin no deja claro que quiera parecerse a cualquier otra cosa e incluso resulta complicado situarla en relación al cine actual.

El director inglés Jonathan Glazer nos invita a sumergirnos en una perspectiva alienígena del mundo humano con un reparto plagado de actores no profesionales y muchas de sus escenas filmadas sin guion o con cámaras ocultas a pie de calle, expresando también con cierta preocupación por la forma en la que desarrollamos nuestra sexualidad.


Under the skin subvierte como exploración de la sexualidad femenina en un escenario habitado por el miedo.


Con la puesta en escena principal, el alien se muestra vigilante y depredador, y se interpone bruscamente en las expectativas sexuales masculinas de sus presas, desproveyéndolas por completo de excitación, de tal modo que lo que en otro contexto podría engrosar nuestra apetencia sexual, a ojos de la cámara nos resulta avergonzante.

Por otra parte, en una lectura entorno a la controversia racial, tema común en la actualidad, el carácter de Johansson se interpreta como el de 'el inmigrante', y el propio título de la película haría las veces de lema antirracial. La película, ciertamente, nos obliga a pensar de nuevo sobre lo que realmente está dentro de nosotros: lo que nos hace humanos, más allá de la sangre, los huesos, los nervios y la carne. Y hay indicios de las respuestas cambiantes que encuentra Johansson a lo largo de su trayecto, y que provendrían, muy lentamente, de las personas que la rodean. La empatía, la cautela o la curiosidad sobre el cuerpo humano van más allá de lo que cabría esperar de un robot completamente ajeno a nuestra especie.

Pero su significado más reconocible llega experimentándola como un alegato feminista, y que haría que se tratase de una obra condenatoria en su manera de representar cuestiones como la vulnerabilidad de la mujer, la cosificación y la cultura de la violación, que se muestran en todo momento en un espacio común.

La mujer del principio es, supuestamente, la predecesora de Scarlett Johansson. Aparece muerta y su cuerpo inerte llega hasta su sucesora por mediación del motorista. En los ojos del cadáver se puede ver lo que parece una lágrima, y que podría ser el origen de una emoción humana, advirtiendo lo que podría suceder con la nueva protagonista. Antes de esta secuencia, asistimos al proceso de creación del alien, que permanece con una mirada de asombro mientras practica con el lenguaje. A partir de ese momento son sus ojos los que nos pueden dar todas las pistas de lo que pasa por su cabeza. Cuando el alien interpretado por Scarlett Johansson se da cuenta de su compasión por los seres humanos, lo vemos en sus ojos, y esa es, básicamente, la trama a descubrir en la película.

Este detalle en la progresión del personaje es una de las razones por las que asistimos a una atmósfera tan rica. Hay más ejemplos de los que cabría esperar, destacando escenas como la ya citada en referencia al nacimiento de la protagonista. Por su parte, también hay momentos para una belleza más gráfica, sin perder el carácter sugestivo. Es el caso del plano de las manos que se juntan en el vacío, que podrían ser una referencia a La Creación de Adán de Miguel Ángel.

Jonathan Glazer se deja absorber por las influencias de Nicolas Roeg o David Lynch, con algo de Gaspar Noé en los momentos más duros y tal vez se haga eco de la trascendencia que tuvieron obras como Blade Runner (Ridley Scott; 1982) o 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick; 2001: A Space Odyssey, 1968) en el marco de la ciencia ficción. Como director, Glazer destaca su habilidad para convertir exquisitos apartados visuales en poderosas historias, pero fue dirigiendo vídeos musicales para Radiohead, Jamiroquai y Massive Attack, donde Jonathan Glazer cultivó su reputación como creador de imágenes distintivas y resonantes.


Al alejarnos de la supuesta normalidad, Glazer nos obliga a identificarnos con la alteridad: la mujer que encarna Johansson es un depredador, pero también es, potencialmente, una víctima.


Después del despliegue visual de Sexy Beast y la subestimada Reencarnación la revisión de Under the skin, que lleva impresionando al público y a la crítica desde que fuera presentada en Telluride y en Venecia, nos lleva de forma irremediable a catalogarla como la consagración de uno de los mayores talentos audiovisuales de nuestro tiempo. El director inglés sólo cuenta con tres películas hasta la fecha, así que toca revalorizar todos los spots publicitarios y vídeos musicales, con los que tanto ha destacado, mientras esperamos a que nos vuelva a sorprender con otra incursión en el largometraje.

Cabe señalar que Glazer ha sido durante muchos años un referente en cuanto a la creación de anuncios comerciales, los cuales creaban unas expectativas en el terreno de la publicidad similares a las creadas por los aficionados al cine cuando se anticipaban en los medios las nuevas películas de Christopher Nolan o Quentin Tarantino. Son varios los spots comerciales y vídeos musicales que se consideran, en este terreno, como los Ciudadano Kane de su generación. Durante años, sus habilidades cinematográficas se adaptaban a estos formatos, más cortos, con el contenido y las características de lo que no deja de ser una pieza de autor, más allá de los objetivos comerciales de empresas como Guinness, Levi's, Sony bravia, Barclay's o Volkswagen, para los que iban dirigidos. Porque eso es lo realmente especial del director británico, que lo distingue de otros directores de este tipo añadiendo elementos oscuros, deslumbrantes y sugestivos, demostrando cariño por los paisajes urbanos nocturnos y las caras inusuales, mostrándose abiertamente influenciado por Kubrick, encontrando lo extraño en lo cotidiano. Incluso en sus planos más simples tiene una visión incomparable de las imágenes fijas, aunque también una intuición innata para traducir el movimiento en belleza, lo que logra que su trabajo sea dinámico e icónico.

La banda sonora de Under the skin, compuesta por Mica Levi, contó con la producción de Peter Raeburn (que sugirió a Glazer trabajar con Levi). Glazer quería que la música expresara los sentimientos de la protagonista al experimentar por primera vez cosas como la comida y el sexo, y dirigió a Levi con indicaciones como "¿Qué suena como estar en llamas?" o "Imagina la reacción un poco complicada de alguien cuando le hacen una broma que no es muy buena". Las secuencias que usan menos música sirven para enfatizar los sonidos del mundo natural que experimenta el personaje de Johansson.

Principalmente, Levi utilizó una viola para componer y registrar grabaciones durante diez meses, inspirándose en Giacinto Scelsi, Iannis Xenakis, John Cage y la música que suena en los clubes de striptease. Buscó sonidos naturales e "identificables como humanos", y luego alteró el tono y el tempo de sus grabaciones para "hacerla sentir incómoda". Juntó cuerda, percusión, distorsiones, cambios de velocidad y el choque de diferentes sonidos para crear una música seductora, pervertida y compasiva.

Un trabajo muy elogiado para una banda sonora inquietante y atmósferica que se combina con el resto de virtudes, en una adaptación compleja, pero sencilla, condenatoria, pero misericordiosa, y, sobre todo, consciente de nuestro salvajismo. Y es en esta imagen conflictiva de la humanidad donde reside la riqueza de Under the skin, una película distinta que se convertirá en clásico.



Toni Cristóbal



Vídeo introductorio a Under the skin
por Toni Cristóbal.




sábado, 11 de febrero de 2017

Control de Anton Corbijn


Ficha técnica y sinopsis. Portada del programa de mano.

Manicomios con puertas abiertas de par en par / Donde la gente ha pagado para ver dentro / Por diversión ven cómo su cuerpo se retuerce / Detrás de sus ojos, dice “Aún existo” / Esta es la manera. Entra. / Esta es la manera. Entra.

Atrocity Exhibition de Joy Division (letra por Ian Curtis).


El subgénero del biopic ocupa un porcentaje considerable de los estrenos en salas comerciales en los últimos años. Puede ser consecuencia de la nostalgia que impregna la cultura en la última década. Puede que la industria cinematográfica apueste por este formato porque le parezca menos arriesgado que producir nueva creatividad. O puede que sea una respuesta a la eterna demanda de nuestra sociedad por adorar a mitos. El biopic de carácter musical suponía un nicho grande dentro del género, pero cada año aporta menos películas al mismo. Y es normal, porque nos estamos quedando sin leyendas de la música popular a las que dedicar una película biográfica —a un servidor se le ocurren pocas— y a los mitos creados a partir de la década de los noventa los tendremos bastante bien documentados por la MTV e internet. De hecho, Ian Curtis, malogrado cantante de Joy Division y protagonista de Control (Anton Corbijn; 2007), debe ser de las últimas leyendas del pop de la era anterior a la Red de redes y, por lo tanto, uno de los últimos susceptibles —cronológicamente— de recibir un tratamiento ficcionalizado de su vida y carrera.

Control es un biopic bastante tradicional en la forma pero no en el contenido. No se trata de una historia de ascenso y caída de un mito, porque no hubo tal ascenso, al menos viviendo el artista. Anton Corbijn construye su retrato de Ian Curtis desde lo general a lo concreto. Nuestro protagonista es un adolescente de la Inglaterra pre-Thatcher, momento en el que comenzaban a aparecer los oscuros nubarrones que después acarrearían tormenta. En este ambiente surgió la música punk, con una actitud que suponía un añadido de agresividad a la rebeldía que proponía el glam. Una confrontación directa y violenta —quizás manufacturada por el marcador de tendencias Malcolm McLaren— contra un sistema social que comenzaba a hacer aguas. En 1976, el punk llegó a Manchester. Los Sex Pistols actuaron en un edificio público de la ciudad ante un público formado por unas pocas decenas de personas. No obstante, hubieron varios asistentes que, impresionados por la actuación de los Pistols, decidieron convertirse en músicos. Lo que no sospechaban es que sus bandas acabarían transformando la música popular para siempre.


Cartelería internacional de Control.


Entre el público de aquel concierto se encontraban las siguientes figuras: los organizadores Pete Shelley y Howard Devoto, que ya actuaban bajo el nombre de Buzzcocks (y posteriormente Devoto fundó Magazine); Morrissey, futuro cantante de The Smiths; Mark E. Smith, que ya cantaba en The Fall; y por último, Bernard Sumner y Peter Hook, guitarrista y bajista que con el añadido del baterista Stephen Morris y el cantante Ian Curtis formarían Joy Division. Este concierto tiene tal consideración que no sólo ha sido reconstruido en la película de la que hablamos, sino que ya sirvió previamente de punto de partida de 24 Hour Party People (Michael Winterbottom; 2002) película sobre la prolífica escena musical de Manchester que dedica parte de su narración a la banda de Ian Curtis y pero que está protagonizada por el promotor discográfico y presentador de televisión Tony Wilson —personaje que también aparece en Control, aunque como secundario—. Las comparaciones entre Control y 24 Hour Party People son inevitables, puesto que retratan la misma escena. Sin embargo, mientras 24 Hour Party People se aproxima a la materia mediante un prisma cómico, Control es una tragedia.

La principal aportación de la película es acercar al espectador al contexto vital de Ian Curtis, interpretado por Sam Riley. Curtis es un adolescente de la pequeña localidad de Macclesfield, a casi una hora de distancia de la urbe mancuniana, que vive en uno de los típicos bloques de edificios de cemento que parecen exclusivamente diseñados para el hacinamiento de trabajadores. Una de sus armas para evadirse del sopor es la literatura. En la estantería de su habitación se encuentran El almuerzo desnudo, de William Burroughs; Aullido, de Allen Ginsberg; o Crash y La exhibición de atrocidades (título que cogería prestado Joy Division para uno de sus temas) de J.G. Ballard. Obras que hablan de alienación, pesimismo y desesperación. También disfruta de la poesía, de la que es ávido lector —en una escena el personaje recita de memoria Mi corazón salta del poeta romántico William Wordsworth— y talentoso escritor. Por último, está la música. En su habitación cuelgan posters de Bowie, Iggy Pop, Lou Reed y Jim Morrison y suenan Roxy Music. Ian se imagina a sí mismo cantando y bailando como Bowie. Su sueño de convertirse en estrella de la música responde a partes iguales a un deseo de huir de su gris existencia en Macclesfield y a sentir que él, como todos sus héroes, puede decir algo a través de su poesía.


Ian Curtis, interpretado por Sam Riley.


En esto, Control se desmarca de la mayoría de biopics musicales, que pretenden nadar y salvar la ropa acercándonos a la intimidad del héroe sin trastocar su misticismo. La película no tiene reparos en mostrar la genialidad del cantante ni su posterior tragedia personal, pero no oculta ni por un momento que Curtis es, ante todo, un individuo normal, con aspiraciones de movilidad comunes (no hay adolescente que no sueñe con comerse el mundo) y con deseos y tropiezos mundanos. Paradójicamente, el filme hace justicia a su legado artístico centrándose en la vida personal de Curtis. No se niega ni se alivia ninguna de las cargas que tuvo que sufrir posteriormente, pero el personaje es presentado sin el halo de dramatismo con el que envolvemos a la hagiografía popular. En una cultura en la que cuesta separar el personaje de la persona, Corbijn humaniza a Curtis, haciendo al espectador partícipe de la angustia que refleja su obra sin necesitar la mística artificial originada por la tradición pop.

La fuente que toma la película para acercarnos la parte más íntima del cantante es la el libro que su viuda Deborah Curtis escribió sobre su matrimonio, Touching from a distance (título que toma prestado un verso de una canción de la banda). No se trata de una adaptación estricta de esta biografía, y de hecho los propios miembros de la banda reconocen que hay varios pasajes del filme que son exageraciones o directamente ficción —aunque aseguran entender por qué se la película se realizó de esta forma: «la realidad fue aburrida»—. Pero toda pizca del Ian Curtis íntimo se toma de este libro. Por otra parte, el personaje de Deborah Curtis (interpretada por Samanta Morton) es capital para comprender el rumbo del protagonista. Ian y Deborah se enamoraron a temprana edad y se casaron todavía siendo adolescentes —cabe destacar que él era bastante conservador—. Se fueron a vivir juntos y pronto tuvieron una hija, por lo que todas las responsabilidades de la adultez asaltaron a la pareja a la vez.

Esta exigencia fue agravada por varias cuestiones. La obvia, la difícil compatibilidad de la vida tradicional con su profesión de músico. En la escena del susodicho concierto de Sex Pistols —al que no se puede asegurar que Ian Curtis asistiera, aunque así se registre en la película— encontramos una diferencia de caracteres en los cónyuges. Él está maravillado con el despliegue rabioso de la actuación. Por el contrario, ella parece asustada, incluso disgustada. Curtis se siente cómodo viviendo con Debbie en la pequeña Macclesfield, trabajando en una oficina de empleo para discapacitados. Pero siente una atracción hacia la aventura que supone el mundo de la música. La divergencia conyugal vuelve a latir cuando Joy Division actúa por primera vez en televisión bajo el apadrinamiento de Tony Wilson. La consagración como músico supone para Ian un verdadero triunfo personal. Al otro lado de la pantalla, a Debbie no le termina de alegrar el camino que su marido está tomando. Se trata de una mujer chapada a la antigua, que se resigna a dedicarse a las tareas del hogar y a la educación del bebé, y para la que la tranquila vida en Macclesfield es más que suficiente. Ian tiene el deseo de ampliar horizontes, algo que acaba encontrando correspondencia en Annik Honoré, periodista con la que comienza una relación en plena gira. Annik es opuesta a Debbie: es una mujer independiente, cosmopolita —trabaja para la embajada belga— y se siente en su salsa en el circuito musical, donde ejerce de periodista autónoma. Ian pues, se encuentra enamorado —o enganchado— de dos mujeres, pero también de dos formas de vida: la tradicional y la aventurada. Y no le gustaría perder a ninguna de las dos.


Ian y Deborah Curtis (interpretada por Samantha Morton) se casaron siendo adolescentes.


Pero el mayor problema para Ian es la repentina aparición de la epilepsia. Una enfermedad que por patología es una amenaza constante e invisible para la integridad física. Conforme va afectando a su carrera, su vida laboral y familiar hasta los momentos más íntimos, la epilepsia mina la integridad mental de Ian Curtis. Mostrando en pantalla estas circunstancias de forma cruda, Corbijn colabora a esa intención primaria de la película de desmitificar la figura de Curtis y de establecer la condición humana que hay detrás de toda leyenda. Lo mismo podríamos decir del suicidio de nuestro protagonista (perdonad el spoiler, pero este hecho forma parte de la cultura popular y la película no trata de si muere o no, sino del proceso que le lleva a este fin). La cuestión es que el suicidio ha sido tratado por las artes y los medios de comunicación desde posiciones extremas. Las artes han romantizado el suicidio, mientras que los medios de comunicación prácticamente lo han ignorado con excusas peregrinas —y no hay más que ver el aumento de la cifra de suicidios en este último lustro y la poca presencia de este dato en los medios de masas—. Por tanto, se agradece que películas como Control, aunque sea de forma indirecta, normalicen este debate.

Ian Curtis probablemente murió sin imaginar que su legado sería infinito. No como oscura figura de culto, sino en el mundo de la música más amplio. Hoy en día, Joy Division y New Order —formación de la banda tras la muerte de Curtis— están considerados entre las bandas más influyentes. Allanaron el camino sónico para contemporáneos y muchos posteriores y en muchos géneros, desde el mal denominado “indie” al house.

Esta película no es un homenaje, sino un acercamiento a Ian Curtis. El director Anton Corbijn reconoce que escuchar a Joy Division fue la razón por la que abandonó su Holanda natal y se trasladó a Inglaterra. Establecido allí como fotógrafo, incluso llegó a realizar unas cuantas fotos a la banda estando vivo Curtis y en 1988 realizó el videoclip de Atmosphere para promocionar el álbum recopilatorio Substance, con canciones de la banda aún inéditas en formato LP. Es muy probable que el cuidado al tratar su figura sin sensacionalismo o artificios dramáticos, y las licencias que se toma para darle humor u otro interés a ciertas situaciones, se deba a que esta película se trata de la labor de un fan o la de un buen amigo. En cualquier caso, la intención de Corbijn es la de hacer justicia a una persona a la que, hasta el momento, su propio misterio había hecho sombra.



Antonio Ruzafa



Vídeo introductorio a Control
por Antonio Ruzafa.




lunes, 6 de febrero de 2017

Cómo ser John Malkovich de Spike Jonze


Ficha técnica y sinopsis. Portada del programa de mano.

«Creo que la película trata del oficio de la interpretación. De cómo abrir la puerta a la mente de otra persona, y de cómo, escapando de nuestra propia mente durante 15 minutos, se puede ver la belleza, la fascinación y el erotismo incluso en las cosas más aburridas. Creo que se trata de esa necesidad de escapar de ti mismo durante 15 minutos que todo el mundo siente. Pero de lo que realmente se trata es de algo más siniestro. Es la idea de que ahora llevamos vidas virtuales. Vivimos nuestras alegrías, tristezas y debilidades a través de la vida de la gente pública.»

John Malkovich.


El debut de Spike Jonze en el largometraje no dejó indiferente a nadie en 1999. Y no podía ser menos. Con Cómo ser John Malkovich (Being John Malkovich, 1999) Jonze presentó una bizarra y metafísica comedia romántica sobre el deseo y el impulso de ser otra persona para controlar sus pensamientos y actos. Un recorrido laberíntico al subconsciente que trata temas como el amor, la identidad, el sexo o el género, con una perversidad lúdica única hasta la fecha, gracias a la genialidad subversiva, mordaz y surrealista de un tándem director-guionista como el conformado por Spike Jonze y Charlie Kaufman.


Cartelería internacional de Cómo ser John Malkovich.


Durante los años 90, Adam Spiegel, más conocido como Spike Jonze, fue uno de los artistas visuales norteamericanos que mejor registró en imágenes la idiosincrasia vernácula que emanaba de Nueva York hacia el resto de Estados Unidos y del mundo occidental, gracias a sus trabajos publicitarios, colaboraciones en programas de televisión y películas de bajo presupuesto, pero, sobre todo a la realización de videoclips musicales. Spike Jonze saltó a la fama en 1994 cuando dirigió el videoclip del tema Sabotage de Beastie Boys, un crudo y parpadeante homenaje a series policíacas de los 70 como Starky y Hutch (1975 - 1979). Pero su marco de referencia creativa no se limitaba a atender las demandas de la llamada “Generación X”, y gracias a su originalidad Jonze se ganó, además, la admiración de los más aclamados artistas musicales de todos los géneros, que se rifaban sus servicios a mediados de los 90. Spike Jonze dirigió videoclips para grupos y solistas como Sonic Youth, Weezer, Dinosaur Jr. o The Breeders, entre otros. En 1995 realizó el videoclip del tema It’s Oh So Quiet de la islandesa Björk, con una cuidada coreografía de Busby Berkley, con el que ganó multitud de premios, incluido el de mejor coreografía en los MTV Video Music Awards de ese año. En 1999 dirigió el videoclip del tema Praise You de Fatboy Slim con un estilo de filmación de “guerrilla”, en el que también actuó junto a un ficticio grupo de baile, The Torrance Community Dance Group, ganando tres premios en los MTV Video Music Awards de aquel año, incluidos los de mejor director y mejor coreografía. El estilo de Jonze, subversivo, innovador y plagado de gags visuales, también se hacía evidente en los spots que dirigió, como los que realizó para Nike o Levi’s, entre otros muchos. Tal era la libertad creativa que Jonze adquirió a finales de los 90 que no dudó en contar con su futura esposa, Sofia Coppola, para interpretar el videoclip Elektrobank de The Chemical Brothers, en 1997. El fotógrafo David LaChapelle se refirió a Spike Jonze como “el artista contemporáneo” del momento, añadiendo que “gran parte del trabajo de Jonze tiene más valor que muchas de las obras contemporáneas expuestas en las mejores galerías”.


Craig Schwartz (John Cusack) encontrará un extraño pasadizo que lo conducirá a la mente de John Malkovich.


Charlie Kaufman escribió el guion de Cómo ser John Malkovich en 1994, tras finalizar su etapa como guionista de la serie de televisión de la Fox Búscate la vida (Get a Life, 1990 - 1992), protagonizada por Chris Elliot. En un principio, el guion debía servir como motivo narrativo para una nueva sitcom, pero los productores de televisión no sabían qué hacer con él. Hasta el momento, Kaufman siempre había trabajado en colaboración con otro guionista, pero para esta ocasión decidió servirse por sí mismo y enlazó dos ideas, sin motivo ninguno de nexo aparente, para desarrollar el guion definitivo: por una parte, la idea de un hombre que se enamora de su compañera de trabajo y, por otra parte, la idea de alguien que encuentra un portal que le lleva a la mente de John Malkovich. Tras varios años intentando que alguien financiara su guion, Kaufman decidió enviárselo a Francis Ford Coppola, quien conocía el interés de Spike Jonze —prometido con su hija Sofía Coppola— por dirigir su primer largometraje. Jonze leyó el guion en 1996 y asumió el reto de dirigir la película en 1997. Spike Jonze encontró financiación para el film en la productora independiente Propaganda Films, que aceptó co-producirla junto a otra compañía llamada Single Cell Pictures, propiedad de Michael Stipe, líder del grupo R.E.M., quien, a su vez, se encargó de buscar unos estudios para la producción de la película. La mayoría de estudios rechazaron el proyecto, incluidos los de New Line Cinema, cuyo director ejecutivo, Robert Shaye, llegó a preguntar “¿por qué coño no puede ser Cómo ser Tom Cruise?”. Años más tarde, en 2013, Spike Jonze revelaría que el propio John Malkovich le formularía la misma pregunta durante su primer encuentro, y que la actitud de Malkovich al inicio del rodaje sobre la película seguía siendo titubeante, llegando a afirmar lo siguiente:

«O bien la película es un bodrio y no solo tiene mi nombre sobre el título sino que mi nombre está en el título, por lo que estaré jodido, o funciona bien y solo estaré siempre asociado a este papel.»

El propio Francis Ford Coppola fue el encargado de enviar el guion a John Malkovich, quien tras leer el mismo quedó medio horrorizado y medio intrigado. A pesar de que inicialmente se negó a interpretarse a sí mismo, finalmente aceptó el papel y la película puedo comenzar a rodarse bajo un presupuesto inicial de 10 millones de dólares en julio de 1998.

La película narra la historia de Craig Schwartz (John Cusack), un titiritero parado y frustrado, casado con Lotte Schwartz (Cameron Díaz), quien no solo trabaja en una tienda de animales sino que hace de su hogar marital un auténtico zoo. Tras encontrar trabajo como archivero en una curiosa compañía llamada LesterCorp, ubicada en la no menos bizarra planta 7 ½ de un antiguo edificio de Nueva York —cuya altura hasta el techo no supera el metro y medio—, Craig encuentra por casualidad una extraña puerta tras un archivo que lo conduce por un pasadizo, literalmente, a la mente de John Malkovich. Tras permanecer en el interior de Malkovich durante 15 minutos, Craig es expulsado a la cuneta de una autopista de Nueva Jersey. Tras esta extraordinaria experiencia, Craig compartirá su descubrimiento con su compañera de trabajo Maxim (Catherine Keener) y con su esposa.


"Malkovich, Malkovich". El propio John Malkovich experimentará cómo es ser uno mismo.


A partir de tal bizarro planteamiento y del descubrimiento del pasadizo a la mente de Malkovich por parte de Maxim y Lotte la película adquiere un ritmo narrativo in crescendo y un suspense tan inquietante como hilarante, muy propio del tándem Spike Jonze y Charlie Kaufman, pervirtiendo toda lógica y, sin embargo, dotando de coherencia a todo el relato hasta el fin de la película. Kaufman se adelanta al espectador con maestría ante la posibilidad de algunas hipótesis y las resuelve en el guion, al tiempo que enreda hasta la exacerbación cualquier conexión entre los protagonistas, para desencadenar de forma natural un final siempre inesperado.

Por su parte, Spike Jonze confirmó con Cómo ser John Malkovich que su salto del videoclip al cine era natural. Con su arriesgada opera prima no defraudó a nadie, mostrando una suficiencia en el oficio impecable, a la vez que demostraba su talento en la dirección de actores. El talento creativo de Spike Jonze parecía multiplicarse ante guiones tan difíciles, a priori, como los de Charlie Kaufman.

Extravagancias y surrealismo aparte, Cómo ser John Malkovich es un relato profundo, vigoroso y actualizado sobre la condición humana, la alienación social y la crisis de identidad global. Bajo la máscara de un guion esquizofrénico e hilarante se esconde un retrato certero de las pulsiones del ser humano por controlar la vida de los demás. Vista desde otra óptica, todo tiene sentido en Cómo ser John Malkovich, desde la figura del titiritero como metáfora del control absoluto de un creador sobre sus subordinados hasta la lucha interior de las múltiples identidades que adquiere una persona en su evolución personal y social. Cómo ser John Malkovich plantea multitud de cuestiones trascendentales sobre la naturaleza de la creación, el origen de la conciencia o la supervivencia del ser humano. Por otra parte, muestra con una naturalidad impasible, una ácida crítica al estilo de vida americano, con su inagotable y estresante búsqueda del éxito social a cualquier coste. Todos los protagonistas de Cómo ser John Malkovich asumen los giros espontáneos en sus vidas como algo natural y la situación más absurda puede llegar a parecer cotidiana bajo la mirada de unos seres tan pervertidos como el propio relato.

Alrededor de la producción de Cómo ser John Malkovich hay muchas curiosidades y anécdotas, dignas de la propia película. Por ejemplo, la secuencia en la que a Malkovich le lanzan una lata es real y no estaba en el guion; fue un extra del rodaje el que lanzó la lata a Malkovich y le impactó en la cabeza. Tanto Jonze, como Kaufman y Malkovich decidieron no cortar esa toma e incluirla en la película. Por otra parte, Malkovich se enfrentó conocimiento previo a muchos diálogos en los que se le menospreciaba como actor, como en el caso en el que en un restaurante se dirigen a él como un gran intérprete de retrasados mentales. El conocido actor Charlie Sheen se interpreta también a sí mismo como el amigo socarrón de Malkovich, que en un principio iba a ser interpretado por Kevin Bacon.

El film está plagado de alusiones a la carrera de Spike Jonze como director de spots y programas televisivos, como el reportaje informativo a los nuevos trabajadores de la planta 7 ½, filmado en formato televisivo, que narra el origen de la curiosa planta. La película incluye spots comerciales para promocionar la puerta a la mente de Malkovich y un mockumentary, un falso documental, que retrata la futura vida de John “Horatio” Malkovich como titiritero, y en el que aparece el actor Sean Penn en un cameo. Además de Sean Penn, aparecen cameos de otros famosos como el del propio Spike Jonze, Brad Pitt, David Fincher o Winona Ryder.

Tras el éxito de Cómo ser John Malkovich, Spike Jonze volvería a trabajar con Charlie Kaufman en su siguiente película Adaptation (2002), en la que ambos rizarían el rizo con un experimento metafílmico, cuyo protagonista sería el propio Charlie Kaufman, interpretado por Nicholas Cage, que incluía secuencias ficticias en el rodaje de Cómo ser John Malkovich, con los consiguientes cameos de los protagonistas de esta última.

Cómo ser John Malkovich le supuso a Spike Jonze su primera nominación al Óscar como mejor director, a Charlie Kaufman su primera nominación al mejor guion original y a Catherine Keener su primera nominación a la mejor actriz secundaria.

Tras dirigir en 2009 Donde viven los monstruos (Where the Wild Things Are), adaptación de la novela homónima infantil de Maurice Sendak, Spike Jonze se embarcaría en la realización de su película más personal hasta la fecha, Her (2014), escrita por él mismo, y con la que ganaría el Óscar al mejor guion original, además de conseguir otras cuatro nominaciones a mejor película, mejor banda sonora, mejor canción original y mejor diseño de producción.

La creatividad visual de Spike Jonze y el talento narrativo de Charlie Kaufman hacen de Cómo ser John Malkovich una película única en su género; una película de culto para las nuevas generaciones, tan inclasificable como irresistible.



Javier Ballesteros



Vídeo introductorio a Cómo ser John Malkovich
por Javier Ballesteros.