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lunes, 21 de noviembre de 2016

El último hurra de John Ford


Ficha técnica y sinopsis. Portada del programa de mano.

«El sucesor de la política será la propaganda, no en el sentido de un mensaje o ideología, sino como el impacto de toda la tecnología de su época. Así, la política eventualmente será reemplazada por imágenes. El político estará muy feliz de abdicar a favor de su imagen, porque la imagen será mucho más poderosa que él.»

Marshall McLuhan, entrevistado por Peter C. Newman en 1972.


El final de la Segunda Guerra Mundial significó para los Estados Unidos un proceso de transición hacia la implantación del llamado Welfare State o Estado del Bienestar americano. Tras la introducción del sistema de pleno empleo del New Deal, iniciado por Roosevelt, y el impulso industrial necesario para ganar la guerra, los estadounidenses no tardaron en convertirse en la mayor potencia industrial y económica del mundo. La mejora salarial aseguraba mayores ganancias a los empresarios y para sostener este nivel de vida era necesario aumentar el consumo, incrementando la oferta con productos triviales que comenzaron a ser publicitados como imprescindibles. Con el fin de lograr tal objetivo, los Estados Unidos crearon un nuevo estilo de vida: el llamado american way of life. El aumento de la publicidad y la disminución de la calidad de los productos conseguía que estos tuvieran poca vida útil, para poder, de este modo, reponerlos más rápidamente. Comenzaba la era del establishment americano y de la obsolescencia programada, que aún hoy sigue vigente en el mundo capitalista.

Pero en el nuevo american way of life no solo los productos de consumo tangibles tenían fecha de caducidad. El establishment americano se encargó de que absolutamente todo, tangible o intangible, estuviera programado para perecer, en pro de mantener el estatus de los Estados Unidos como la mayor potencia económica del mundo. De este modo, la política estadounidense, o mejor dicho, los políticos estadounidenses, también pasaron a ser meros productos de consumo, prefrabricados por dicho establishment norteamericano, acorde a la demanda popular de los tiempos.

Para implementar el nuevo sistema era necesario, también, actualizar al llamado cuarto poder, a los medios de comunicación, con una herramienta mediática mucho más poderosa que las anteriores, capaz de llegar a todos los hogares norteamericanos y embriagarlos de bienestar social, no solo generando la idea sino, también, proyectando su imagen. Había nacido una estrella: la televisión.


Cartelería internacional de El último hurra.


El último hurra (The Last Hurrah, 1958), dirigida por John Ford, retrata el fin de una era social y política en los Estados Unidos, reemplazada por otra en la que la imagen cobraba el mayor protagonismo. La vieja maquinaria política populista, que tanto debía a la oratoria, a la radio y a la prensa escrita, contemplaba impotente su ocaso ante la nueva política, orquestada mediáticamente como nunca, en la que primaba la imagen frente al discurso y en la que todo acto comunicativo se veía simplificado con un par de argumentos que subrayaran los valores tradicionales norteamericanos.

La película es una adaptación de la novela homónima del escritor y periodista norteamericano de origen irlandés Edwin O’Connor, publicada dos años antes, en 1956. La novela El último hurra está considerada como una de las mejores del género político americano del siglo XX, junto a otras obras tan relevantes como Todos los hombres del rey (All The King’s Men, 1946) de Robert Penn Warren o Tempestad sobre Washington (Advise and Consent, 1959) de Allen Drury. Por otra parte, El último hurra fue considerada por muchos críticos de su época como la mejor novela sobre los llamados hiberno-estadounidenses, aquellos residentes en Estados Unidos que reconocen ser descendientes de inmigrantes irlandeses o aquellas personas irlandesas radicadas en el país norteamericano.

El último hurra sitúa la narración en una ciudad indeterminada de la región de Nueva Inglaterra, supuestamente la ciudad de Boston. En ella, Frank Skeffington, el veterano alcalde, ya septuagenario, interpretado por Spencer Tracy, se presenta a las elecciones municipales por quinta vez. Durante décadas, Skeffington ha significado para su ciudad y su Estado un icono del progreso de los inmigrantes irlandeses criados en los guetos del Estado de Massachusetts. Pero el viejo Skeffington no es precisamente una hermanita de la caridad irlandesa. John Ford presenta al espectador a un político aferrado al poder con puño de acero, con muchos años de corrupción, chantajes e influencia en la sociedad de la ciudad a sus espaldas, gracias a su gran experiencia y dominio sobre la vieja maquinaria política. Sin embargo, los tiempos han cambiado, la forma de hacer política ha cambiado, y Skeffington lo sabe. Durante su mandato ha acumulado tantos enemigos como fieles, y a pesar de ser consciente de que está en el crepúsculo de su carrera política —y, por supuesto, de su ciclo vital— y de que sus enemigos se han visto fortalecidos por los nuevos sectores influyentes de la ciudad, Skeffington prepara su campaña electoral con las mismas armas de siempre, con el mismo populismo y artimañas políticas que tanto controla.

Al igual que la novela de O’Connor, el film de John Ford se basó parcialmente en la carrera política de James Michael Curley, alcalde de la ciudad de Boston durante cuatro mandatos y Gobernador del Estado de Massachusetts. Curley se opuso duramente a la producción de la película. Sin embargo, no lo fue tanto por la dramatización ficticia de su biografía sino porque pensó que, precisamente, tras El último hurra, Hollywood no se interesaría por la producción de un auténtico biopic sobre su persona. La productora, Columbia, le pagó 25.000 dólares a Curley para evitar futuras acciones legales por su parte.


Spencer Tracy interpreta a Frank Skeffington, un veterano alcalde que se presenta por quinta vez a las elecciones municipales de una ciudad de Nueva Inglaterra.


Todo el relato de El último hurra está narrado bajo el punto de vista narrativo de Adam Caulfield, un joven periodista deportivo, sobrino de Frank Skeffington e interpretado por Jeffrey Hunter, que trabaja para el periódico líder de la ciudad, propiedad de Amos Force, uno de los mayores enemigos de Skeffington. Tanto John Ford como el autor de la novela, Edwin O’Connor, ambos americanos de origen irlandés, se posicionan ideológicamente a través del personaje de Adam Caulfield. El sobrino de Skeffington parece ser el único personaje que se mantiene en sus cabales durante todo el relato. Al inicio de la película, Caulfield vive alejado de la política, a la que parecer ignorar por completo —e incluso despreciar—, y de su tío. De hecho, su suegro es uno de los influyentes opositores y enemigos de Skeffington. Consciente de que su único descendiente es un absoluto inútil, aburguesado y sin luces, Skeffington visita a su sobrino Caulfield para proponerle que sea testigo de su “último hurra”, como cronista de los hechos. Caulfield accede a tal propósito, para conocer y registrar de cerca cómo funciona la vieja maquinaria política que su tío controla al milímetro.

Bajo la mirada de un escéptico Caulfield, John Ford presenta una gran variedad de personajes desatados por la campaña política, en una carrera sin escrúpulos por el poder. Por un lado se sitúa Skeffington, acompañado de su séquito habitual, fieles personajes tan viejos como él. En la parte contraria se sitúan unidos sus enemigos acérrimos y los nuevos sectores de influencia de la ciudad, para apoyar la candidatura de su oponente Kevin McCluskey, un joven abogado católico, veterano de guerra, sin ninguna experiencia política. Pusilánime y sin un atisbo de personalidad, McCluskey será sumiso a las órdenes de sus influyentes padrinos; un perfecto monigote prefabricado mediáticamente, acorde a los nuevos tiempos.

Para interpretar a los personajes que conforman el particular establishment local de la ciudad, John Ford no dudo en recurrir a los mejores actores para cada papel. John Carradine —uno de los actores fetiches de la filmografía fordiana— interpreta a Amos Force, el irritable dueño del periódico más influyente de la ciudad. Force representa al sector yanki más radical de la ciudad, un auténtico xenófobo anti-irlandes que perteneció al Ku Klux Klan, que clama por el retorno al poder de los yankis, los fundadores de Nueva Inglaterra, y culpa a los inmigrantes irlandeses de todos los males históricos de la región. Por su parte, Basil Rathbone interpreta al ilustre banquero Norman Cass, ávido por controlar toda la maquinaria política de la ciudad. Donald Crisp interpreta al cardenal Martin Burke, líder de la comunidad católico romana de la región, quien creció junto a Skeffington en los guetos de la ciudad y que representa a todos los que sienten traicionadas sus raíces irlandesas por culpa de la política de Skeffington.

Con todas las papeletas, y nunca mejor dicho, para realizar un verdadero drama, John Ford, sin embargo, prefirió dotar a El último hurra de una dosis de comedia muy poco común en su filmografía, acercándose así al discurso de cineastas como sus admirados Frank Capra o Leo McCarey, e incluso al del propio Billy Wilder. El último hurra contiene secuencias cómicas memorables, como la del velatorio de un viejo conocido de Skeffington, que éste aprovecha como el escenario perfecto para hacerse notar en público, cual mitin electoral, mientras "compra" la lealtad de su viuda y chantajea al dueño de la funeraria para que los costes del entierro sean lo suficientemente bajos para compensar los gastos. Aún más divertida es la secuencia en la que Skeffington nombra como Jefe de Bomberos al inútil hijo del banquero Norman Cass, con el único propósito de humillar a este y sacar a relucir de nuevo su arte del chantaje. Spencer Tracy —también cercano a su “último hurra” como actor— realiza una de las interpretaciones más contundentes de toda su filmografía, que eclipsa por completo al resto del reparto.

Sin embargo, las secuencias que marcan históricamente la película son las que muestran a ambos candidatos haciendo campaña en la televisión. Skeffington cree estar en un mitin frente a la cámara de televisión, para poder hacer uso de su oratoria; incluso pide a los cámaras que se acerquen a él para que los espectadores lo vean más cercano. Craso error. Lo que los espectadores verán más de cerca será la imagen envejecida de un político que parece hablar para los radioyentes, más que para los televidentes. Por su parte, la puesta en escena de Kevin McCluskey está totalmente orquestada: McCluskey aparece en familia, en su hogar, junto a su perro y su mujer. John Ford elevó al máximo el patetismo y la caricatura de ambas secuencias, sobre todo de la segunda que resulta una de las más cómicas de la película. Ford parecía advertir lo inevitable: el ocaso de la vieja maquinaria política a manos del nuevo estilo de vida norteamericano y la política del establishment.


Jeffrey Hunter interpreta a Adam Caulfield, el sobrino de Frank Skeffington.


Solo dos años después del estreno de El último hurra, el 26 de septiembre de 1960, más de 60 millones de norteamericanos tendrían la ocasión de ver el primer debate televisado de la historia entre dos candidatos a la presidencia de los Estados Unidos, el senador John Fitgerald Kennedy, por parte del Partido Demócrata, y el vicepresidente Richard Nixon, por parte del Partido Republicano, en uno de los contextos políticos americanos más polarizados y reñidos de la historia. Nixon se presentó frente a las cámaras aún convaleciente de una enfermedad, notablemente delgado; a pesar de que su rostro estaba seriamente afectado, se negó a usar maquillaje y ante los focos sudaba constantemente, mostrando una imagen bastante debilitada. En el lado opuesto se situó Kennedy. El propio atractivo físico del joven senador, que lucía un extraordinario bronceado y una dentadura blanca y radiante, se ganó a todos los espectadores norteamericanos al instante. Kennedy ganaría las elecciones y se convertiría en el 35º Presidente de los Estados Unidos. Sin embargo, posteriores análisis de los resultados concluyeron que la mayoría de americanos que habían escuchado los debates por el medio radiofónico votaron a favor de Nixon, mientras que la mayoría de televidentes lo habían hecho por Kennedy.

El último hurra es una película fordiana, en todos los sentidos. Mantiene la tendencia de Ford por subrayar los valores tradicionales de la familia y sus raíces, como refleja la relación entre Skeffington y su sobrino Cauldfield, quienes, a pesar de sus marcadas diferencias, se acercan progresivamente el uno al otro, gracias a una nostalgia latente en todo el film por las raíces irlandesas de la familia. Al mismo tiempo, Ford remarca el mito del héroe solitario, marcado por su propio pasado, que retorna al hogar. Skeffington, el veterano alcalde que pasea solitario en su retorno a casa tras las elecciones, tiene paralelismos evidentes, por ejemplo, con Ethan Edwards, el personaje interpretado por John Wayne en Centauros del desierto (The Searchers, 1956). En la secuencia final de Centauros del desierto, Ford planta la cámara fija para que Wayne salga por una puerta solo y sin destino. En El último hurra, Ford traiciona excepcionalmente su antagonismo al seguimiento de cámara a los actores, con un maravilloso travelling que persigue a Tracy en su solitario retorno al hogar.

Resulta curioso que la primera opción de Ford para interpretar a Frank Skeffington fuera Orson Welles, y que ante la negativa de este, Tracy se hiciera con el papel. No sabemos cuál habría sido el resultado con Welles, pues hoy día resulta impensable recordar El último hurra sin Spencer Tracy. El último hurra, sin embargo, resultó un notorio fracaso de taquilla y Columbia —con la que Ford había realizado ese mismo año la también fallida en taquilla Un crimen por hora (Gideon's Day, 1958)— perdió 1’8 millones de dólares en la recaudación. Quizá este fracaso en la taquilla, unido a que la relación de Ford con Columbia significara también la única incursión en el retrato de la sociedad de su época, a su excesivo metraje —al que Ford se había opuesto tajantemente, ya que no le dejaron supervisar el montaje—, al desequilibrio interpretativo —Tracy se come al resto—, a la cercanía en el tiempo con dos obras maestras de Ford como Centauros del desierto o El sargento negro (Sergeant Rutledge, 1960) e incluso al posterior desapego del propio Ford hacia la película, haya relegado a El último hurra como un film menor en la filmografía de John Ford. Sin embargo, al contrario, el tiempo ha situado a El último hurra como una de las obras maestras de John Ford. Una película que marcaba el final de una era política en los Estados Unidos y profetizaba el futuro poder de la televisión, del american way of life y del establishment norteamericano.



Javier Ballesteros



Vídeo introductorio a El último hurra
por Javier Ballesteros.





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