Translate

PRÓXIMAMENTE

domingo, 13 de noviembre de 2016

El candidato de Michael Ritchie


Ficha técnica y sinopsis. Portada del programa de mano.

«Toda la propaganda ha de ser popular y tiene que acomodarse a la comprensión de los individuos menos inteligentes entre aquellos a quienes se intenta alcanzar.»

Adolf Hitler en Mi lucha (Mein Kampf, 1925).


1972 fue un año dramático para la política estadounidense. Nixon rechazó enviar a la guerra de Vietnam a nuevos reclutas y optó por la estrategia de que los militares ya posicionados en el país entrenaran y armaran a los soldados del bando del sur (siendo así la primera guerra subsidiaria emprendida por el gobierno norteamericano; la última conocida es la denominada “Primavera Árabe”, cuyas consecuencias seguimos sufriendo). La opinión pública era consciente de los efectos trágicos que esta guerra había provocado en tanto militar como humanitariamente, por lo que la credibilidad gubernamental estaba por los suelos. Por otra parte, el congreso votó a favor de que la Enmienda de Igualdad de Derechos que mejoraría la situación legal de la mujer fuese incluida en la constitución, lo que provocó un esperado y sonoro berrinche entre los grupos conservadores (gracias a cuyo empeño la propuesta nunca ha llegado a ratificarse). En cuanto al sempiterno problema racial, seguía en liza la persecución de las fuerzas de seguridad del estado hacia los grupos de reivindicación afroamericana, con los Panteras Negras y Angela Davis a la cabeza.


Cartelería internacional de El candidato.


El candidato (Michael Ritchie; The Candidate, 1972) pertenece a la política previa al Watergate. La película se estrenaría el 26 de junio de aquel año, pero tres días antes había estallado el escándalo. La política jamás volvería a ser vista con los mismos ojos por la ciudadanía estadounidense. Por lo tanto, los mensajes políticos también cambiaron. No obstante, este filme fue capaz de sobrevivir al golpe porque, aunque caricaturiza el contexto de la era pre-Watergate —que quedó obsoleto en el mismo estreno del filme— los mecanismos comunicativos que retrata no han cambiado hasta el día de hoy.

Esta película está considerada una iniciativa personal de Robert Redford, actor durante toda su vida se ha involucrado en diferentes causas políticas y ha apoyado diversas candidaturas de ambos bandos del estrecho espectro político estadounidense. Redford partía de la idea de construir una trama alrededor de un hombre honesto que se vende al circo de la política. Su primer contacto fue con Michael Ritchie, quien ya le había dirigido en su ópera prima El descenso de la muerte (Downhill Racer, 1969). Entre los dos convencieron al escritor Jeremy Larner para que les escribiese el guion. Estos contactos no eran cuestiones de casualidad o amistad, puesto que el director había colaborado en la campaña del senador John V. Tunney en 1970 y el guionista había sido secretario de prensa del candidato presidencial Eugene McCarthy. Basándose en sus experiencias respectivas y fijando como objetivo el deseo inicial de Redford —que además cofinanció la cinta— el trío escribió el guion definitivo para El candidato en 1971, año en el que también se comenzó el rodaje.

El protagonista de El candidato es Bill McKay (interpretado por el mismo Redford), un joven e idealista abogado defensor de los derechos laborales y ecológicos. Su forma de hacer política es la que denominan “a pie de calle”. El jefe de campaña demócrata Marvin Lucas (Peter Boyle) quiere aprovecharse de la juventud y reputación de McKay para derrotar de una vez al senador republicano Crocker Jarmon (Don Porter), por lo que le ofrece presentarse como candidato por su partido. McKay ve en la proposición de Lucas una oportunidad para publicitar sus ideales y acepta bajo la premisa de que perderá las elecciones. A partir de aquí, la película hace un seguimiento interno de la evolución de su campaña electoral, durante la que el protagonista y los espectadores comprobamos que la política institucionalizada poco tiene que ver con la política en sí.


McKay (Robert Redford) y parte de su séquito.
No queda claro si trabajan para McKay o si él trabaja para ellos.


El proceso electoral al que asistimos en El candidato es un concurso de popularidad. Jarmon, senador titular, es la estrella del espectáculo. Su discurso de marcada ideología liberal asoma a cuentagotas entre eslóganes genéricos, exageraciones (para él, un estado intervencionista es comparable al “gran hermano” de Orwell) y ataques a la juventud de McKay. Cuando posteriormente McKay le gana terreno en las encuestas, echa mano a las falacias clásicas y acusa a su contrincante de colaborar con los delincuentes. Pero, aún tornándose violento su discurso, nunca se aleja de lo superficial. Las elecciones son una competición y Estados Unidos es un país que rinde culto a la victoria y más concretamente a la figura del héroe vencedor —un tema que ya trataron Ritchie y Redford en El descenso de la muerte, su anterior película en colaboración—. Por ello, el equipo de McKay, que debe conseguir la victoria sobre Jarmon, rebaja paulatinamente el alegato social de su aspirante y lo sustituye por propaganda. La consecuencia es que su discurso acaba por ser indiferenciable del de Jarmon. La deriva lleva a un punto donde ya no nos encontramos ante dos ideologías, ni siquiera ante dos personas, sino ante dos productos de consumo de masas. El candidato primero critica la propaganda como activo deshumanizador: no se puede emprender la propaganda sin destruir los propios principios. Después, como antítesis de la comunicación: los mensajes emitidos por los equipos de los candidatos son engaños conscientes y libres de réplica, pero el votante los prefiere a los que mantienen una ideología y ni siquiera los replica. Por último, la ataca como elemento antidemocrático: la propaganda oculta al votante las intenciones de los candidatos y las gestiones de los gobernantes. El idealismo de los por entonces recientes años sesenta es agredido salvajemente en esta película. Las buenas intenciones y los actos y mensajes concienciados no sirven para nada. Lo que hacen llegar al ciudadano no es política, y la política real es una cuestión más próxima a manejar un tráfico de influencias que a mejorar la vida del ciudadano.

El filme destaca la relevancia de la imagen y, más concretamente, de los medios de comunicación en el proceso propagandístico. McKay no tiene ningún consultor diplomático, pero va siempre rodeado por una jauría de asesores que controlan cada movimiento y cada palabra que sale de su boca. El más inquietante es Howard Klein (interpretado por Allen Garfield), obsesivo responsable de cada anuncio y cada aparición televisiva de McKay. Klein es un embaucador audiovisual que representa como nadie estos mecanismos que se critican: en los anuncios que edita para McKay, elimina todo rastro ideológico y lo sustituye por imágenes y afirmaciones genéricas. La televisión aparece como la meca de la propaganda política. En una secuencia paradigmática, el séquito cancela los planes de un día de campaña porque se ha declarado un incendio: «Hay fuego en Malibú, ¡es perfecto!». Y allá que van para comparecer brevemente ante las cámaras y, una vez habiendo figurado, dejar de lado la catástrofe y seguir la ruta. Poco después, el equipo proporciona a McKay un ridículo bocadillo que será su menú de mediodía. Esta desatención obvia que McKay es para su séquito un mero peón, una máscara a través de la cual organizar una campaña política a conveniencia del partido.

Más allá del poder cultural de la propaganda, de El candidato se destilan otras observaciones sobre la política estadounidense, como el patente disgusto por el culto a la fama. McKay se rodea de militantes groupies —a falta de mejor apelativo— con las que acaba engañando a su esposa. Ésta (interpretada por Karen Carlson) tiene asumido que su matrimonio está secretamente destrozado, pero lo acepta como un peaje de la fama. Al fin y al cabo, junto con Lucas, fue la que más insistió a su marido para que aceptase emprender una carrera política.

Dicho todo esto, hay que admitir que para ser una obra que cuestiona el falsario funcionamiento de la política estadounidense, la película muestra ciertas flaquezas.


Los partidos saben que la política se hace a través de los medios.


Sobre el tema racial se pasa de puntillas. En la única escena que se le dedica, más allá de dejar claro el poco entendimiento entre blancos y negros —que los niños negros abandonen la cancha de baloncesto al ver las cámaras es algo más que un gag— se pretende crear una separación entre la población negra que confía en la política y la que desconfía. El problema de esta narrativa es que viene acompañada de una caracterización de personajes que raya el racismo. El hombre negro que parece burlarse de McKay es un individuo de actitud excéntrica con el único interés de incordiar. Por el contrario, el adepto al candidato refleja una pose sobria y noble, y una mirada de reproche a su vecino. Es una visión condescendiente, cuando no despectiva, de la comunidad negra que —con razón— recela de una clase política casi absolutamente blanca. De todas formas, hay que reiterar que la película trata con indulgencia al electorado en su globalidad. La disertación accidental del filme es que el votante no busca la política, no quiere escuchar medidas concretas que solucionen problemas. Lo que decantará su voto es la buena imagen y un discurso populista, es decir, la propaganda. Incluso ni se nos hace saber por qué hay personajes aislados que increpan a McKay por el, al parecer, ominoso gobierno de su padre. Sin dar a conocer las razones tras esos ataques, estos personajes más que parecer ciudadanos corrientes, quedan como violentos desclasados. Como si desconfiar de la política —y, en este caso, del político “bueno”— fuese propio de lunáticos.

Por si fuera poco, la radiografía del proceso electoral que pretende el trío Redford–Ritchie–Larner queda tibia. La injerencia de los lobbies —por desgracia, capital en cada emprendimiento político— queda poco menos que sugerida en una reunión con un turbio sindicalista. Las grandes empresas, los bancos, las instituciones religiosas, los intereses geopolíticos y ese largo etcétera que afectan las directrices de un partido, así como las decisiones de un gobierno, quedan fuera del retrato. McKay acaba siendo un senador electo libre de compromisos corporativos, lo que destroza la narrativa de “hombre honesto que vende su alma” que mantiene la película. Los medios de comunicación, que en la vida real son empresas con intereses editoriales y partidistas, aparecen como meros y objetivos analistas. Algo que además es incoherente con el ataque frontal a la propaganda, cuyo canal de distribución son estos mismos medios. Quizás habría que destacar que Redford es, aparentemente, un defensor firme de la supuesta independencia de la prensa, a la que contribuyó a elogiar en la posterior Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula; All the President's Men, 1976). O que, en algunos casos, es incluso partícipe de la misma propaganda que critica, ya que Jimmy Carter aseguró que el intérprete le instruyó en cómo actuar en los debates televisivos de la campaña que le hizo presidente en 1976. En definitiva, el ataque a la propaganda va en una dirección que desemboca directamente sobre el votante que acaba creyendo en un semidiós creado en los despachos por una serie de pícaros. De lo que viene antes de eso, de la intrusión del gran poder económico, no hay ni una palabra.



Antonio Ruzafa



Vídeo introductorio a El candidato
por Antonio Ruzafa.





No hay comentarios :