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Viridiana de Buñuel.


Ficha técnica y sinopsis. Portada del programa de mano.
    Franco no era tonto. Sabía, como saben todos ustedes casi cincuenta años después, que Buñuel era y es máximo exponente de la cultura hispano-americana. Por eso querría que su nombre volviera a ser vinculado con nuestro país – y de paso mostrar internacionalmente cierta apertura del régimen - y le invitó a rodar de nuevo en nuestras tierras. Lo que el Caudillo no sospecharía por aquel entonces es que el tiro le saldría por la culata muy escandalosamente, hasta el punto de que Viridiana fue censurada en nuestro país durante dieciséis años desde su rodaje, siendo finalmente estrenada después de la muerte del dictador. 
 
Como católico, apostólico y romano, razones no le faltaban a Franco para sentir que Buñuel había aprovechado la ocasión para lanzarle una daga directa al corazón. Viridiana es un ataque frontal a los principios de la caridad cristiana y una sátira sobre la gratitud y la honestidad humanas. Ancianos, jóvenes, seductores, monjas, gentes de alta alcurnia y de la más baja ralea… Buñuel nos convierte a los espectadores en el pelotón de ejecución de estos personajes cargados de instintos e intenciones, que se emparentan con los burgueses convertidos en salvajes de El ángel exterminador o aquella madre en Los olvidados que comienza a interesarse por su hijo cuando ya es demasiado tarde. 

Buñuel no quiere que el espectador deje títere con cabeza y revuelve los cimientos de la moral y la ética para mostrar un discurso en el que se desconfía de las apariencias y en el que se clama que el ser humano construye su moral respecto a las circunstancias y sus conveniencias pero que su naturaleza siempre está intacta y no se muestra escarmentado, ni agradecido. Pese a que los sirvientes son los habitantes de más baja clase de la casa, se comportan peor que los señoritos en cuanto tienen la ocasión. Es impagable y esclarecedora esa escena en la que vemos a dos perros que andan atados a un carro en el que los pobres van cómodamente sentados. En Viridiana también se discute la solidaridad como algo hipócrita, como un acto de expiación, un argumento que no sólo sigue vigente sino que es de flamante actualidad gracias a la aparición de una nueva generación de clases altas que han impuesto la moda de ayudar al desfavorecido. 


Como buen surrealista, Buñuel es un iconoclasta arrollador. La corona de espinas se convierte en un objeto fetichista en la maleta de Viridiana. Una navaja se dobla en forma de cruz cristiana. Y cómo no recordar una de las escenas más burlonas de la historia del cine: los pobres recreando durante una bacanal el cuadro de La última cena de Da Vinci, estampa en la que el pobre más miserable de todos toma el rol de Jesucristo. 

Estos componentes causaron un brutal revuelo en el Vaticano, que con un artículo muy crítico con la película, publicado en L’Osservatore Romano, provocó su censura también en Italia. Buñuel también fue muy atacado por los exiliados republicanos, muchos de ellos amigos y compañeros suyos, por volver a la España franquista para trabajar. Lo que quizás no esperaban es que Buñuel tendía una mano a su enemigo para abofetearle con la otra. 
 
Aparte de la diferenciación que pretende hacer Buñuel entre las intenciones cristianas y la realidad pura y dura y el jocoso análisis sobre la naturaleza humana dentro de las clases sociales, en el aspecto más cinematográfico hay que reconocerle una gran capacidad de pasar del drama a la comedia más negra en cuestión de momentos. Buñuel logra no caer en el tópico común de juzgar o ser condescendiente con sus personajes. Simplemente nos muestra sus desavenencias, pero no aporta unas mayores cualidades a ningún protagonista. De hecho, los personajes son cómicos – que no caricaturizados - y la historia parece transcurrir con cierto humor con tufo a campechano, pero son aquellos momentos en los que la película parece alcanzar la astracanada en los que podemos extraer una crítica más feroz hacia las condiciones de los personajes. 


Cartelera.