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domingo, 20 de marzo de 2016

Ensayo de un crimen de Luis Buñuel


Ficha técnica y sinopsis. Portada del programa de mano.

«Por celos y envidias, el ser humano es capaz de todo, desde el crimen hasta la santidad. Es terrorífico.»

Orson Welles.


Al igual que Él (Luis Buñuel, 1953) Ensayo de un Crimen (Luis Buñuel, 1955) es una tragicomedia trenzada con obsesiones propias del sexo masculino. Una historia que tiene conexiones intertextuales bastante claras con la fuente literaria original, la novela de Rodolfo Usigli del mismo nombre, que Luis Buñuel adapta acercándose al cine de suspense como jamás lo hiciera. De estreno en el año 1955, la historia se centra en un asesino en serie cuyos planes, aunque muy bien elaborados, nunca resultan en un asesinato real.

Usigli puso muchas trabas a la adaptación de Buñuel, hasta el punto de presentar una denuncia ante el sindicato de guionistas. Aún así, la obra se llevó a cabo, destacando de forma especial dentro de la filmografía del director español por su marcado humor negro, originalidad y ritmo ligero.

De Ensayo de un Crimen se pueden extraer las constantes del cine de Buñuel, sus obsesiones y sus miedos. Pedro Almodóvar en Carne trémula (1997) y Álex de la Iglesia en Crimen ferpecto (2004) utilizaban fragmentos de la película a modo de pequeño homenaje. Poco premio, en todo caso, para una de las mejores obras de la etapa mexicana de Buñuel, que merecería una distinción especial dentro de su carrera.


Cartelería internacional de Ensayo de un crimen.


La también conocida como La vida criminal de Archibaldo de la Cruz, utiliza un prólogo precioso para su inicio: Ciudad de México se encuentra en un estado de agitación muy agresiva, debido a una revolución incipiente, y el clan de la Cruz, ante tal amenaza, teme que se pongan en peligro las riquezas de su fortaleza.

El pequeño burgués Archibaldo no parece estar demasiado preocupado por lo que pueda pasar con su clase. Mientras tanto, entrará en trance con el sonido de una caja de música con la que su madre —como se suele decir con las bestias—, pretendía amansarlo. Durante la escucha del artilugio, Archibaldo se asegura a sí mismo tener el poder de hacer sus deseos realidad.

Tras ser regañado por su hermosa institutriz, la mente del niño se tiñe de muerte. Momentos después, una bala perdida del exterior alcanza el cuello de la joven cuidadora. La mirada del protagonista se detiene en la sangre burbujeante y en la falda subida, sobre unos muslos envueltos en medias. Un rostro paralizado, estremecido, insinúa un escalofrío de placer que será el origen de una esquizofrenia, dispuesta a revivir una y otra vez, siempre al son de las mismas notas musicales.

Aunque hay aspectos de la película que pueden recordarnos al Monsieur Verdoux (1947) de Chaplin o a Infielmente tuyo (Unfaithfully Yours, 1948) de Preston Sturges, las mayores semejanzas las encontramos con El diablo dijo No (Heaven Can Wait, 1943) de Ernst Lubitsch. Para este caso, Buñuel optaría por una variante de terror cómico sobre una base similar. De hecho, el dispositivo estructural de Ensayo de un crimen parte del protagonista, Archibaldo de la Cruz, confesando sus "crímenes". El recuerdo de la película de Lubitsch, con Don Ameche confesando sus delitos ante Satanás, resulta inevitable.

Tras el flashback inicial y su presentación ante las autoridades, de la Cruz no tarda en mostrar su verdadera esencia; la de un hombre delirante que, a raíz del incidente ocurrido durante su niñez, sueña constantemente con cometer el asesinato perfecto. Y es que al presentarse las ideas del personaje, interpretado por el galán Ernesto Alonso, y al margen de sus matices un tanto misóginos, se va rellenando un espectro ilusorio tan peligroso como imprevisible.


La caja de música y la historia del rey que destruía a sus enemigos sólo con desearlo fascinan a Archibaldo (Ernesto Alonso) desde su niñez.


Archibaldo es un hombre muy educado, considerado y prudente, al tanto de casi todo, excepto de las inevitables —hablamos de Buñuel— consecuencias de una represión religiosa y sexual. A través de una serie de coincidencias un poco extravagantes, el objeto de sus deseos sexuales e impulsos sádicos siempre queda fuera de su control, lo que le genera una fuerte sensación de frustración. Se le ha concedido un don que, por algún motivo, no es capaz de dominar.

La melodía que perfora su psique a lo largo de la narración, revive el deleite macabro de su primer asesinato imaginado, una obsesión que le recuerda el extraordinario poder que atesora. Su inocencia, muy notable, es tan poco disimulada como la de los delincuentes de "Los olvidados", a pesar de que, en este caso, se trate de una película de alta comedia. Los niños de los barrios marginales que presentaba Buñuel en aquella ocasión cometían atrocidades indecibles, pero desde luego que no eran conscientes de ello.

El alejamiento de la madre y la muerte de la institutriz se derivan en una vida social sin concluir, que no hace posible una adaptación plena al mundo real y a las normas de la sociedad. Buñuel, en cierto modo, juguetea con la moda del psicoanálisis, sin dejar clara su apuesta, porque a pesar de los muchos estudios académicos que relacionan la película con las tesis de Freud, lo cierto es que el tono cómico y el surrealismo insinúan una postura burlesca, un tanto snob, de las teorías psicoanalíticas.

Volviendo al inicio, la institutriz hablaba de un imperio pasado, donde un rey utilizaba una caja de música para desear la muerte de sus enemigos. Para el caso de Archibaldo, a sus deseos mortíferos habría que añadir la carga sexual-buñuelesca ya mencionada, siempre ligada a unos delirios de omnipotencia, producto de la propia obsesión con el sexo y la muerte, conformando así un cocktail explosivo.

Aquí, Buñuel incurre en el mito griego de la caja de Pandora, que hablaba de la bella esposa de Epimeteo, y de cómo le excitaba conocer el contenido del misterioso recipiente que ambos salvaguardaban. Una vez abierta la caja, se desataban todo tipo de males a lo largo y ancho del mundo, y no contentos con ello, Pandora y Epimeteo la abrían de nuevo, hasta descubrirse un volumen de maldad capaz de equilibrarse con toda la bondad existente.

Como homicida en potencia, Archibaldo planea esquemas y los ensaya, pero el resultado nunca es el esperado, o al menos, no culmina de la forma prevista. De alguna manera, todas sus victimas le roban el placer de matar, al producirse circunstancias insólitas, que ni el más lúcido de los espectadores sería capaz de adivinar.


Archibaldo es culpable de pensar, imaginar y planificar asesinatos, pero no de cometerlos.


Ensayo de un crimen quizás sea una de las películas más ligeras y lúdicas de la carrera de Luis Buñuel. Funciona como comedia negra, resulta extraña —pero sin perder encanto— y se viste de suspense con un tono oscuro, perfectamente reconocible en el período mexicano del director aragonés, dentro de lo que podría verse también como una alternativa 'latina' al suspense de las obras de Hitchcock, con las que mantiene no pocas coincidencias.

Buñuel hace una breve referencia a la producción de Ensayo de un crimen en su autobiografía Mi último suspiro (Mon dernier soupir) publicada en 1983. En ella narra una escena sorprendente, vivida al asistir a la orquestación de la composición original de la película: cuando la totalidad de los miembros de la orquesta se desvestía debido al calor, Buñuel vislumbra que "por lo menos 3 o 4 de ellos iban enfundados con pistolas".

Más adelante en el libro, recordará también —no sin tristeza— la escena en la que el protagonista incinera un maniquí de cera, viva imagen del personaje que interpreta Miroslava Stern, y su paralelismo con la cremación real de Miroslava después de su suicidio, al poco tiempo de que la película saliera a la luz.



Toni Cristóbal



Vídeo introductorio a Ensayo de un crimen
por Toni Cristóbal.






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